Esperanza y nueva vida en una unidad de maternidad de Brooklyn que combate la COVID-19
En Brooklyn, madres dan a luz en medio de la lucha contra el coronavirus (Nytimes)NUEVA YORK — Los preocupados doctores, reunidos de pie después de sus rondas, sopesaron los riesgos. ...
En Brooklyn, madres dan a luz en medio de la lucha contra el coronavirus (Nytimes)
NUEVA YORK — Los preocupados doctores, reunidos de pie después de sus rondas, sopesaron los riesgos. Una mujer embarazada de 31 años se encontraba en peligro, con los pulmones invadidos de coronavirus. Si programaban el parto de inmediato, podrÃan reducir la tensión de su cuerpo, lo que quizá le ayudarÃa a recuperarse.
El problema era que le faltaban más de dos meses para llegar a término, y existÃa una gran probabilidad de que el bebé experimentara problemas para respirar, alimentarse y mantener su temperatura, además del riesgo de sufrir problemas de salud a largo plazo. La cirugÃa en sÃ, una cesárea, serÃa un factor estresante para la madre.
A fin de cuentas, los tres obstetras convinieron en que ni la madre, que se encontraba conectada a un respirador, ni el bebé que llevaba en el vientre, estaban recibiendo suficiente oxÃgeno, por lo que tenÃan más probabilidades de salvarlos a ambos si traÃan al bebé al mundo ese mismo dÃa.
“TenÃamos que hacer algoâ€, dijo Erroll Byer, director del departamento de GinecologÃa y Obstetricia del Centro Hospitalario Brooklyn, al reflexionar sobre lo que vivió esa mañana hace casi dos semanas.
La mujer, Precious Anderson, era una de las tres embarazadas que tenÃan en condición crÃtica al mismo tiempo en el hospital comunitario, una situación inusual. Byer caminó varias veces del área de maternidad a la unidad de cuidados intensivos, para revisar su evolución.
Erroll Byer Jr., director de GinecologÃa y Obstetricia en el Centro Hospitalario Brooklyn, saluda a un paciente en el hospital en Nueva York, el 6 de abril de 2020. (Victor J. Blue/The New York Times)La unidad de Obstetricia, que recibe a alrededor de 2600 bebés cada año, por lo regular es un espacio de celebración y esperanzas colmadas. Sin embargo, en esta época de pandemia se ha visto transformada.
Casi doscientos bebés han nacido desde principios de marzo, según Byer. Han tenido veintinueve mujeres embarazadas o en trabajo de parto de las que se sospechaba o se confirmó que tenÃan la enfermedad causada por el virus, COVID-19. Se les aisló del resto de las pacientes y el personal médico usaba indumentaria con protecciones para atenderlas. Los pasillos en que las mujeres solÃan caminar durante el trabajo de parto están vacÃos, pues las futuras madres están confinadas a su habitación. Varios doctores y enfermeras del departamento se han enfermado.
El caso de Anderson es especialmente desgarrador. Ha sido paciente de Byer desde hace años. Byer le aconsejó durante todo un proceso para quedar embarazada de nuevo después de sufrir un aborto y también recibió a los hijos de su hermana. Un dÃa tras otro, mientras su paciente luchaba por sobrevivir, Byer se preguntaba: ¿será posible que pierda al bebé que tanto ha luchado por tener? ¿El bebé perderá a su madre?
Mientras vivÃa ese calvario, su madre, Doris Robinson, fue a la oficina de Byer. “¿Cree que vaya a recuperarse?†preguntó. “Por favor, dÃgame la verdadâ€.
Un equipo elecrónico en el departamento de Obstetricia. El coronavirus puso a cada rincón del hospital bajo presión (Victor J. Blue/New York Times)Un doctor y su comunidad
Cuando Anderson, quien trabaja como maestra suplente, por fin logró embarazarse, las visitas de atención prenatal se convirtieron en una actividad familiar. El padre del bebé —David Cirilo, quien trabaja en seguridad— iba con ella, y con frecuencia también los acompañaba la mamá de Anderson para ver el examen de ultrasonido. Esperaban al bebé para junio.
Byer le tenÃa afecto a esta paciente —la describe como alguien con “una personalidad muy agradableâ€â€” que hacÃa muchas preguntas sobre su salud y cómo abordar distintos problemas, como la obesidad, que podÃan afectar sus probabilidades de embarazarse. “Era muy diligenteâ€, le comentó a un periodista.
El jueves 26 de marzo, se sintió mal y llamó a Byer, quien le pidió que fuera a la clÃnica. Sin embargo, Anderson le dijo que tenÃa miedo de ir al hospital. Además, comentó, de seguro solo era el asma dando lata.
Un dÃa después, no le quedó otro remedio. Cuando llegó al hospital, tosÃa y tenÃa dificultad para respirar; ni siquiera lograba articular una oración completa. Byer le dijo que quizá tenÃa COVID-19, pues “tenÃa los sÃntomas clásicosâ€, y la ingresó a un área especial de la unidad de Parto y Alumbramiento donde se habÃan reservado cuatro habitaciones al final de un pasillo para pacientes embarazadas infectadas con coronavirus o de quienes se sospechaba que podÃan tener la infección.
Al dÃa siguiente, cuando el equipo de maternidad no logró mantener sus niveles de oxÃgeno, la transfirieron a la unidad de Cuidados Intensivos. “TenÃa la respiración demasiado cortadaâ€, comentó el doctor James Gasperino, director de Cuidado CrÃtico. Solo veinticuatro horas después, se encontraba conectada a un respirador.
“Intentó tantos años y, ahora que por fin estaba embarazada y feliz y todo parecÃa estar bien, resulta que su embarazo coincide con la epidemiaâ€, se lamentó Byer. “Son las cosas que están fuera de nuestro controlâ€.
El doctor Byer trabaja en el hospital comunitario desde hace 20 años. has practiced at the community hospital for 20 years. Ha hecho partos con su padre, también médico (Victor J. Blue/The New York Times)Byer se despierta a las 5:30 de la mañana y se prepara para lidiar todo el dÃa con la crisis del coronavirus. En su iPad, revisa qué sucedió durante la noche: visita el sitio web de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, el de la Universidad Johns Hopkins y el del Departamento de Salud de Nueva York para ver si hay alguna recomendación nueva y determinar si la ciudad va alcanzando el pico en la carga de pacientes.
Se mantiene informado sobre los datos. Se han publicado varios estudios pequeños sobre el coronavirus en el embarazo. Se ha descubierto que los bebés se infectan solo en una pequeña minorÃa de los casos y que en general se recuperan. Aunque algunos hospitales separan a las nuevas madres con COVID-19 de sus recién nacidos, otros, como el Centro Hospitalario Brooklyn, permiten que las madres estén con sus recién nacidos y los amamanten; se cree que el virus no se transmite por la leche materna. Tienen instrucciones de tomar precauciones como ponerse cubrebocas y batas y mantener sus manos limpias cuando tengan contacto.
Se cree que las mujeres embarazadas tienen el mismo riesgo de contraer enfermedades graves por la COVID-19 que otras personas. No obstante, Byer señaló que se necesita investigar más, en particular dentro de algunas comunidades, como la de Brooklyn, donde es común que las embarazadas sufran obesidad, diabetes e hipertensión.
El sonido de un latido
Una de las pacientes hospitalizadas en el piso de maternidad con COVID-19 era Basharrie McKenzie, quien habÃa pasado un tiempo conectada a un respirador en la unidad de Cuidados Intensivos, durante el cual coincidió con Anderson y una mujer en la semana 28 de su embarazo que después se recuperó sin necesidad de adelantar el parto.
McKenzie, de 36 años, nació en Jamaica y llegó a Estados Unidos cuando era una adolescente. Tiene tres hijos y trabaja como codificadora clÃnica en otro hospital de Brooklyn, donde cree que contrajo el virus. Al principio pensó que tenÃa un resfriado. Su hija de 11 años le trajo jugo de zanahorias y remolacha para atacarlo.
Hace casi tres semanas, un martes, comenzó a tener problemas para respirar. Al igual que Anderson, su obstetra le dijo que fuera al hospital cuando enfermó, unos tres meses antes de llegar a término. La doctora, Amber Ferrell, se alarmó cuando McKenzie llamó y le faltaba tanto el aire que apenas podÃa hablar. Ferrell puso en alerta al equipo de cuidados intensivos.
Basharrie McKenzie se contagió de coronavirus alrededor de los seis meses de embarazo, la tuvieron que asistir con respirador (Victor J. Blue/The New York Times)McKenzie fue admitida en el hospital y tenÃa miedo de dormir porque temÃa no volver a despertar. Observó entrar y salir al personal del hospital de la habitación contigua para ver a una paciente que, según cree, murió.
Para ese viernes, habÃa desarrollado insuficiencia respiratoria hipoxémica aguda, es decir que su sangre no recibÃa suficiente oxÃgeno, lo que significa que su bebé tampoco. Le colocaron un respirador.
Un dÃa después, perdió y recuperó la conciencia varias veces, y estaba convencida de que el personal médico intentaba matarla. Entró en pánico y jaló el tubo que le permitÃa respirar. Los doctores decidieron ver si podÃa mantener la respiración sin el respirador.
En la habitación número 11 de la unidad de cuidados intensivos dos dÃas después, vio pasar a un doctor en su bata blanca, Gasperino, que le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba. Eso le dio esperanza. Respondió al gesto con dos pulgares y una sonrisa. Pero todavÃa respiraba de manera agitada y tenÃa bajo la nariz un tubo que le daba un gran flujo de oxÃgeno.
“Estoy un poco preocupadoâ€, le dijo uno de los doctores de cuidados intensivos a Gasperino cuando el equipo se reunió a revisar la condición de los pacientes esa mañana. Los médicos convinieron en dejar a McKenzie otro dÃa en cuidados intensivos para que mejorara.
McKenzie le rogó a Dios, comentó después. Su hermana, quien es pastor en Toronto, les pidió a otros orar por ella. Poco a poco, su condición fue mejorando. Finalmente, abandonó la unidad de cuidados intensivos, donde la gran mayorÃa de las pacientes con COVID-19 han muerto, y la trasladaron a una habitación especial aislada en el área de maternidad.
En su soledad, pues solo se les permitÃa una visita a las mujeres que iban a dar a luz, se mantuvo entretenida en Instagram y en FaceTime con sus hijos, incluida su pequeña de tres años, Aaliyah McKenzie. HabÃa sido un año difÃcil para la familia, que perdió a cuatro integrantes en los seis meses anteriores.
El lunes pasado por la noche, Angela Lewis, enfermera de maternidad que ha trabajado en el hospital tres décadas, se puso un cubrebocas N95, una bata azul de plástico, guantes, botines y un protector en el rostro para ingresar a la habitación de McKenzie. Dijo que no habÃa recibido capacitación especializada para cuidar a pacientes de coronavirus. “Hace muchos años nos enseñaron cómo utilizar el equipo de protección personal y el lavado de manos y todo. Con COVID es lo mismo; hay que aplicar lo aprendido. Solo hay que ser un poco más cuidadososâ€, aseveró. “Y rezar, rezar, rezarâ€.
La enfermera le puso un monitor a McKenzie alrededor del vientre. El sonido del latido del corazón de su bebé llenó la pequeña habitación.
Lewis regresó treinta minutos después, se puso de nuevo el equipo de protección y revisó los signos vitales de McKenzie. Estaba respirando sin ayuda. Su temperatura era normal. “¿No tienes contracciones? ¿Tampoco calambres?†le preguntó la enfermera. Dobló la impresión del ritmo cardÃaco del bebé.
La siguiente tarde, McKenzie reunió sus pertenencias. Cuando salÃa de la unidad para ir a su casa (fue una de alrededor de ochenta pacientes de coronavirus dados de alta la semana pasada), vio a Byer y a las enfermeras.
Keena Samuels, la enfermera a cargo de la unidad de maternidad posparto, le dijo adiós mientras McKenzie lloraba. “Vas a estar muy bienâ€, dijo Samuels. “Vas a regresar y dar a luz a un bebé sano y hermosoâ€. Entonces, añadió: “¡Saliste adelante!â€
‘¿Qué más podemos hacer?’
Precious Anderson en la unidad de cuidados intensivos. Mientras luchaba para respirar, los médicos concluyeron que hacer el parto era la mejor opción para ambos (Victor J. Blue/The New York Times)En la unidad de cuidados intensivos, Anderson estaba delicada.
“VeÃamos que en realidad no mejoraba mucho, con todo y que estaba intubada y con el respirador, asà que tuvimos que pensar qué más podÃamos hacerâ€, indicó Byer. Dialogó con otros dos doctores, especialistas en obstetricia y medicina materno-fetal. Concluyeron que, si dejaban continuar el embarazo, la función de sus pulmones podrÃa complicarse más.
“Pensé: ‘¿Qué más podemos hacer? ¿Va a ver a su bebé?’†recuerda Byer.
Los doctores de la unidad de cuidados intensivos también creÃan que adelantar el nacimiento podrÃa ayudar a mejorar la condición de Anderson. “Mi idea era que podrÃa tener más de sus pulmones para lucharâ€, explicó Gasperino. Recetaron dos dosis de medicamentos con esteroides, administradas con doce horas de separación, para ayudar a reducir el riesgo de que el bebé tuviera problemas para respirar.
Hace dos semanas, durante el informe matutino de la unidad de cuidados intensivos, un doctor presentó su caso: “Va a someterse a una cesáreaâ€. La cirugÃa se realizó cerca del mediodÃa. Poco después de su ingreso a la sala, Anderson se convirtió en mamá. Su bebé pesó casi un kilo con 700 gramos.
Un equipo de la unidad de cuidados intensivos neonatales de inmediato comenzó a atender al niño. No podÃa respirar bien por sà mismo, por lo que necesitó un respirador.
El personal de la unidad de cuidados intensivos recibió una autorización especial para probar el medicamento antiviral experimental remdesivir con Anderson, según Gasperino. En un estudio realizado con 58 pacientes graves y publicado la semana pasada en la revista The New England Journal of Medicine, la mayorÃa de los pacientes que recibieron ese medicamento mostraron alguna mejorÃa, pero como no hubo un grupo de comparación, no es posible determinar su importancia.
El bebé de Anderson, necesitó cuidados intensivos como ella (Victor J. Blue/The New York Times)El lunes pasado por la tarde, Byer fue a visitar a su paciente a la unidad de cuidados intensivos. “¿Cómo está la paciente Anderson?†le preguntó a uno de los doctores de cuidado crÃtico.
Le informaron que ya no necesitaba el respirador, asà que se lo acababan de quitar. “Muy bienâ€, respondió el obstetra. “Muy pero muy bienâ€.
Cuando se detuvo fuera de la habitación de Anderson, ella abrió los ojos y se tocó el vientre como si creyera que todavÃa estaba embarazada. Byer hizo una señal de saludo a su paciente que todavÃa estaba atontada.
Después, llamó a la madre, Robinson, para darle las buenas noticias. “Sà sabe que tuvo un bebé, ¿verdad?†preguntó Robinson.
Dos dÃas después, Anderson le dijo a Byer que su bebé se llamaba David, como su padre. Con una tableta, Byer la conectó desde la unidad de cuidados intensivos por video con la unidad de cuidados intensivos neonatales. La condición del recién nacido iba mejorando.
“¡Oh!†dijo Anderson. “Está dormiditoâ€.
“Está aceptando la botella, succiona bienâ€, dijo Mary Godineaux, directora de enfermerÃa para atención materno-infantil, de pie al lado de la cuna del bebé. “Está guapÃsimo, Preciousâ€.
Anderson preguntó cuándo podrÃa ir a casa, y Byer respondió que debÃa subir de peso.
Con la mirada clavada en su hijo, la nueva madre sonreÃa y lloraba al mismo tiempo. “¡Oye!â€, dijo. El pequeño abrió los ojos y se retorció. “Ahà estás. ¡Hola!â€.
(c) The New York Times 2020
