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Cuando el miedo acecha - Radio Urbana 96.3 FM
Generales

Cuando el miedo acecha

El otro pasó a ser una amenaza. Siempre me impresionaron aquellas escenas de Muerte en Venecia, el legendario film de Luchino Visconti, cuando Gustav von Aschenbach –encarnado por Dirk Bogarde...

El otro pasó a ser una amenaza. Siempre me impresionaron aquellas escenas de Muerte en Venecia, el legendario film de Luchino Visconti, cuando Gustav von Aschenbach –encarnado por Dirk Bogarde– camina por las callejuelas de la ciudad y empieza a ver repentinas campañas de desinfección, muertes inesperadas y personas tambaleantes y sórdidas que parecen despedir por sus bocas gérmenes inquietantes, que el viento Siroco arrastra y disemina: Venecia había sido colonizada por una epidemia de cólera que era ocultada por las autoridades para evitar que todo el turismo se fugara, Venecia estaba tomada por una enfermedad contagiosa.

Y de pronto esas imágenes fantasmagóricas de una ciudad cuyos espacios públicos empiezan a ser inquietantes, donde el hecho de cruzarse con otro ser humano deja de ser una aventura interesante y pasa a ser un riesgo, esas imágenes que sólo se habían visto en películas, pasan a ser el paisaje natural de nuestras ciudades contemporáneas. Se cierran las fronteras primero, se cortan los pasos entre ciudades y hasta municipios después, por fin la gente se repliega en sus casas. Y, como ha insinuado Paul B. Preciado, vamos camino a que la frontera arquitectónica sea nuestro propio cuerpo. Cuando salimos por algún motivo a la calle lo hacemos con pánico, todos andamos con barbijos protectores, las filas en los pocos comercios abiertos se hacen con grandes distancias, nadie se habla, nadie se saluda, no bien cruzamos a alguien en la calle nos alejamos y hasta cruzamos de vereda. El vendedor del comercio puede ser un infectado que nos interpela bajo esa potencialidad maligna. En los pocos automóviles que circulan no va más que el conductor, solo. El otro es la amenaza de contagio. Cuando pensamos en alguien que tendría que entrar a nuestra casa, por algún motivo excepcional, lo percibimos con leve horror. Todo se desinfecta. Nos lavamos las manos con desesperación. Todas nuestras relaciones pasan a ser virtuales: festejamos cumpleaños o realizamos conferencias por aplicaciones que permiten reunir a varias personas a la vez. Pasamos a ser píxeles en una pantalla táctil. Y si alguien se anima a transgredir y le sugiere a otro la idea de juntarse personalmente en una casa esa actitud es percibida como temeraria o, peor aún, como delictiva. Aun entre hermanos, padres, hijos, novios o amigos íntimos la relación se vuelve amenazante: ¿y si el otro no se cuidó e introduce el virus en nuestras casas? No hay un solo bar en el mundo donde se pueda tomar un café. La televisión, los diarios y las redes sociales nos azotan con prescripciones lapidarias: nos muestran fosas comunes, nos muestran cadáveres arrastrados en bolsas de basura por las calles, nos muestran hospitales desfondados, nos muestran esos grandes lugares de la humanidad como Piazza Spagna o la Puerta del sol absolutamente vacíos, con apenas algún policía patrullando la soledad. Los medios y los gobiernos han sido entregados a los médicos: cientos de médicos, con su jerga enclaustrada, nos asestan sus conclusiones inapelables. No sé si está bien o mal, tal vez sea lo único que podemos hacer en la emergencia, pero siento que es como mínimo raro dejar el mundo entero en manos ya no de los médicos sino de una pequeña casta dentro de ellos: los infectólogos.

No se llega a los extremos de que el síndico de la calle cierre por fuera la puerta de cada casa y se lleve la llave hasta el fin de la cuarentena, como cuenta Foucault que era en las pestes en el siglo XVIII, pero el miedo acecha. Muchos sienten que todo está perdido, que el mundo se rompió para siempre. Urge recobrar la confianza en la humanidad, esa idea que anidaba en las estatuas griegas del período clásico y luego en el Renacimiento: el hombre puede superar cualquier cosa, el hombre no renuncia a los desafíos. Le costó mucho a la humanidad pasar de un estado arcaico en el cual salir de la caverna era un riesgo mortal hasta llegar a un mundo global, entremezclado, multicultural, en el cual todos aprendíamos de todos, comíamos las comidas de las regiones más remotas y hablábamos en lenguas comunes, comerciábamos amablemente con las culturas más antagónicas y nos enamorábamos de seres aparentemente distintos. El prójimo próximo. Nos costó mucho que se disiparan todas las barreras del miedo, todas las barreras culturales y el extranjero fuera un igual: al fin y al cabo, como se ha descubierto no hace mucho, todos tenemos un ADN común. La pandemia podría ser un oscuro y póstumo sueño disolvente de Hitler. Pero el virus no es un enemigo bélico al que podemos derrotar solitariamente, acá no sirve la idea de Estado-Nación ni la galtierización, ni los eslóganes emotivos ni las oraciones religiosas. El virus será derrotado por la ciencia, con sus vacunas y remedios, por el conocimiento financiado por el capitalismo, es decir por la globalización.

Tal vez al salir de esta pesadilla prevalezcan flecos de miedo y nos hagamos por un tiempo más nacionalistas, más etnocéntricos, más ensimismados, pero eso fracasará rápidamente y volveremos a vernos las caras y a darnos besos con los seres más remotos, volveremos a viajar en aviones, volveremos a caminar por Roma o Shanghai como si fueran nuestras propias ciudades, porque al fin y al cabo, como le gustaba decir a Borges, somos ciudadanos del mundo. Y el coronavirus será una anomalía en el curso de la historia: la humanidad no ha hecho más que liberarse de fuerzas oscuras, de dioses y demonios vengativos, e ir –derribando fastidiosas fronteras– hacia el conocimiento y la cooperación.


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