Adelanto exclusivo: “El Libro de la Almohadaâ€, de Sei ShoÌ‚nagon
"El Libro de la Almohada" (Adriana Hidalgo), de Sei Shônagon 1. En primavera, el amanecerEn primavera, el amanecer. Cuando al insinuarse la luz sobre las colinas, los contornos se tiñen ...
"El Libro de la Almohada" (Adriana Hidalgo), de Sei Shônagon
1. En primavera, el amanecer
En primavera, el amanecer. Cuando al insinuarse la luz sobre las colinas, los contornos se tiñen de un paÌlido rojo y purpuÌreos jirones de nubes flotan sobre las cimas.
En verano, las noches. No soÌlo las de luna brillante sino tambieÌn las oscuras, cuando las lucieÌrnagas revolotean, y aun las de lluvia, tan bellas.
En otoño, el atardecer. Cuando el sol resplandeciente se hunde cerca de la ladera de las colinas y los cuervos cruzan el cielo en grupos de tres o cuatro o de a dos, de vuelta a sus nidos; o las garzas en bandada se dispersan en el cielo distante. Cuando se oculta el sol, el corazoÌn se conmueve con el sonido del viento y el zumbido de los insectos.
En invierno, las mañanas. Por cierto bellas cuando ha caiÌdo nieve durante la noche, pero espleÌndidas tambieÌn cuando el suelo estaÌ blanco por la escarcha; y, cuando no hay nieve ni escarcha y soÌlo hace mucho friÌo y las criadas corren de una habitacioÌn a otra atizando el fuego y cargando carboÌn, ¡queÌ bien se corresponde la escena con la iÌndole de la estacioÌn! Pero al mediodiÌa nadie se molesta por mantener los braseros encendidos y pronto soÌlo hay pilas de ceniza blanca.
El libro cuenta con la traducción de Amalia Sato y los dibujos de Lola Goldstein2. Especialmente delicioso es el primer diÌa
Especialmente delicioso es el primer diÌa de enero, mes en que la bruma tan a menudo oculta el cielo. Se presta atencioÌn a la apariencia y se pone un cuidado especial en el vestir. Da placer ver coÌmo todos ofrecen sus respetos al Emperador y celebran su propio nuevo año.
TambieÌn disfruto del seÌptimo diÌa, cuando la gente arranca las primeras hierbas1 que han germinado bajo la nieve. Me divierte su excitacioÌn al encontrarlas cerca del Palacio, un sitio donde jamaÌs habriÌan esperado hallarlas.
Este diÌa, los nobles que no residen en el Palacio, con el propoÌsito de admirar los caballos azules, llegan en sus carruajes magniÌficamente decorados.2 Cuando estos son arrastrados al pasar sobre los maderos del portoÌn central, las cabezas de las pasajeras se entrechocan por el traqueteo: las peinetas se caen y hasta se quiebran si sus dueñas no toman cuidado. Encuentro encantadora la manera como se riÌen cuando esto ocurre.
Recuerdo una ocasioÌn en que visiteÌ el Palacio para ver el desfile de los caballos. Algunos viejos cortesanos estaban de pie delante del Cuartel de la DivisioÌn Izquierda. HabiÌan pedido los arcos a sus acompañantes, y muertos de risa disparaban sobre los caballos, obligaÌndolos a corcovear. A traveÌs de una de las entradas del vallado vi el seto del jardiÌn, y cerca de eÌl a unas cuantas damas, muchas de ellas asignadas al servicio de los jardines, que iban de aquiÌ para allaÌ. QueÌ mujeres afortunadas, penseÌ, estas que pueden caminar cerca del noveno cercado como si hubieran pasado alliÌ toda su vida. En ese preciso momento, los acompañantes pasaron muy cerca de mi carruaje –extrañamente cerca, en efecto, considerando la vastedad de los parques del Palacio– y vi la textura de sus rostros. No todos estaban apropiadamente empolvados, y en algunas zonas de la cara la piel se veiÌa muy desagradable, como negros fragmentos de tierra en un jardiÌn donde la nieve ha comenzado a derretirse. Cuando los caballos del desfile se encabritaron, me acurruqueÌ dentro de mi coche y pronto comprendiÌ lo que sucediÌa.
El octavo diÌa hay una gran agitacioÌn, pues todos corren a expresar su gratitud, y el estruendo de los carros es maÌs potente que nunca. Algo fascinante.
El decimoquinto diÌa tiene lugar el Festival de las Gachas de la Luna Llena, y un tazoÌn es presentado a Su Majestad el Emperador. Todas las mujeres de la casa llevan cuidadosamente ocultos palillos, y es divertido verlas deambular mientras esperan la oportunidad de golpear a sus compañeras.3 Cada una se cuida y mira permanentemente sobre su hombro para que ninguna se le acerque a hurtadillas. Sin embargo, las precauciones son inuÌtiles, y pronto alguna obtiene ventaja con un golpe y riÌe complacida. Todos encuentran esto delicioso, exceptuando por supuesto a la viÌctima, que se siente incoÌmoda.
En cierta casa, un joven caballero casado el año anterior con una de las muchachas de la familia ha pasado la noche con ella y esta mañana del diÌa quince estaÌ a punto de partir hacia Palacio. En la casa hay una mujer que acostumbra tratar despoÌticamente a todos. En esta ocasioÌn estaÌ de pie en el fondo de la estancia, aguardando impaciente una oportunidad para golpear al hombre con sus palillos, cuando este se vaya. Otra se da cuenta de sus intenciones y rompe a reiÌr. La de los palillos le indica que se quede tranquila. Por suerte el caballero no se percata de lo que se trama y se pone de pie despreocupado. “Tengo que tomar algo por alliÌâ€, dice la mujer del palillo, acercaÌndose a eÌl. Repentinamente se lanza hacia adelante y lo golpea con fuerza, tras lo cual huye. Todos los presentes riÌen a carcajadas, y hasta el joven sonriÌe complacido, sin molestarse en lo maÌs miÌnimo. No se ha sobresaltado, pero estaÌ un poco sonrojado, lo cual es encantador.
A veces, cuando las mujeres estaÌn daÌndose golpecitos unas a otras, los hombres se asocian al juego. Lo curioso es que la mujer que ha sido tocada muchas veces se enoja y llora, y maÌs tarde recrimina a su atacante y dice las cosas maÌs horribles sobre eÌl –cosa por demaÌs ridiÌcula–. Incluso en el Palacio, donde la atmoÌsfera es generalmente solemne, todo es confusioÌn este diÌa y nadie cumple el ceremonial.
Observar lo que sucede durante el periÌodo de nombramientos es tambieÌn fascinante. Por nevoso y helado que esteÌ el tiempo, los candidatos del Cuarto y Quinto Rango llegan a Palacio con sus solicitudes oficiales. Los auÌn joÌvenes y graciosos se ven llenos de confianza. Para los peticionantes de edad, que peinan canas, las posibilidades no son halagüeñas. DeberaÌn contar con la ayuda de los influyentes de la Corte. Hay quienes incluso visitan a las cortesanas en sus habitaciones y permanecen durante largo tiempo para hacer notar sus meÌritos. Y si hay damas joÌvenes, se muestran muy complacidos. Tan pronto como los candidatos se retiran, las mujeres los imitan y se mofan de ellos, algo que los viejos caballeros ni sospechan, pues se deslizan de una parte a otra del Palacio, implorando: “Presente mi solicitud al Emperador de un modo favorableâ€, o: “Ruego informe a Su Majestad sobre mi personaâ€. Si finalmente tienen eÌxito, todo esto no resulta tan lamentable, pero es pateÌtico cuando tantos esfuerzos se revelan vanos.
3. El tercer diÌa del Tercer Mes
El tercer diÌa del Tercer Mes me gusta ver brillar el sol en el calmo cielo de primavera. Es el momento en que los durazneros florecen y la vista es espleÌndida. Los sauces son tambieÌn maÌs atractivos en esta estacioÌn, con sus brotes todaviÌa cerrados como gusanos de seda en sus capullos. Cuando se despliegan, pierden la gracia para miÌ; en verdad, todos los aÌrboles pierden su encanto cuando los pimpollos se abren.
Un gran placer es cortar una larga rama bellamente florida de ciruelo y colocarla en un recipiente importante. QueÌ tarea tan deliciosa para cumplir cuando un visitante se halla sentado cerca conversando. PodriÌa ser un hueÌsped comuÌn, o posiblemente una de Sus Altezas, como por ejemplo los hermanos mayores de la Emperatriz, pero en cualquiera de los casos la visita vestiraÌ una capa color ciruela, de cuya parte superior asomaraÌn los vestidos que cubre. MaÌs contenta me sentiriÌa si pudiera apreciar la cara de una mariposa o un pequeño paÌjaro que revoloteara graciosamente cerca de las flores.
4. ¡QueÌ delicioso es todo!
¡QueÌ delicioso es todo en la eÌpoca del Festival! Las hojas, que todaviÌa no cubren los aÌrboles muy tupidamente, se ven verdes y frescas. Durante el diÌa no hay niebla que oculte el cielo y, al lanzar una mirada a lo alto, la belleza nos sobrepasa. Una tarde ligeramente nublada, o una noche, conmueve oiÌr a la distancia el canto del hototogisu,4 tan apagado que una duda de sus propios oiÌdos.
Al aproximarse el Festival, disfruto viendo a los hombres que van y vienen con rollos de tela de un verde amarillento o de un profundo violeta envueltos flojamente en papel y colocados en cajas alargadas. En estos diÌas del año, las telas de orlas sombreadas, o desigualmente matizadas, o que son teñidas enrolladas, se ven maÌs atractivas que de costumbre. Las joÌvenes que van a participar de la procesioÌn tienen su cabello bien lavado y compuesto pero visten sus ropas de todos los diÌas, que muchas veces estaÌn en un estado desastroso, arrugadas y descosidas. Excitadas corretean por la casa, ansiosas por el gran diÌa, y con brusquedad dan oÌrdenes a las criadas: “Acomoda los cordones de mis calzados†o “Revisa las suelas de mis sandaliasâ€. Una vez que se han puesto sus trajes para el Festival, las mismas jovencitas, en lugar del ajetreo anterior, se vuelven extremadamente recatadas y caminan solemnemente como monjes a la cabeza de una procesioÌn. Disfruto tambieÌn viendo coÌmo sus madres, tiÌas y hermanas mayores, vestidas de acuerdo con su rango, acompañan a las niñas y las ayudan a mantener sus ropas en orden.
5. Distintos modos de hablar
El lenguaje del monje.
La conversacioÌn de los hombres. La charla de las mujeres.
Las personas vulgares siempre tienden a agregar siÌlabas innecesarias a sus palabras.
6. Que los padres hayan criado al amado hijo
Es penoso que los padres hayan criado a un hijo y este se haga monje.
Sin duda el hecho tiene su lado auspicioso, pero lamentablemente la mayoriÌa de las personas estaÌn convencidas de que un monje es tan intrascendente como un pedazo de madera, y lo tratan en consecuencia. Un monje vive en la pobreza y su comida es magra, y no puede ni siquiera dormir sin recibir criÌticas. De joven es loÌgico que muestre curiosidad hacia todas las cosas y mire a hurtadillas a las mujeres, seguramente con un cierto dejo de aversioÌn en su cara. ¿QueÌ hay de malo en ello? Sin embargo, enseguida lo desaprueban, por iÌnfimo que sea su desliz.
La suerte del exorcista es auÌn maÌs dolorosa. En sus peregrinaciones a Mitake, Kumano y otras montañas sagradas, padece con frecuencia las mayores privaciones. Cuando la gente se entera de que sus plegarias son efectivas, lo llama para que practique sus servicios de exorcismo; cuanto maÌs conocido se vuelve, tanto menos disfruta del descanso. Alguna vez lo requeriraÌn para ver a un paciente gravemente enfermo y deberaÌ emplear todos sus poderes para echar al espiÌritu causante del mal. Si se adormece, exhausto por los esfuerzos realizados, diraÌn con reproche: “Este monje no hace maÌs que dormirâ€. Tales comentarios resultan tan embarazosos para el exorcista que me imagino coÌmo ha de sentirse.
AsiÌ eran las cosas antes, ahora los monjes llevan una vida un poco maÌs descansada.
7. Cuando la Emperatriz se mudoÌ
Cuando la Emperatriz se mudoÌ a la casa del guardabosque Narimasa, la entrada este de su patio estaba conformada por una estructura de cuatro pilares, y fue por alliÌ por donde entroÌ el palanquiÌn de Su Majestad. Los carruajes en los que viajaÌbamos las otras damas de compañiÌa y yo llegaron a la puerta norte. Como no habiÌa nadie en la casilla de guardia, decidimos entrar tal como estaÌbamos, sin molestarnos en arreglarnos; muchas teniÌan su cabello en desorden a causa del viaje, pero no se preocuparon en componerlo, pues supusieron que los carruajes seriÌan conducidos directamente hasta los corredores de la casa. Desafortunadamente, la entrada era demasiado estrecha para nuestros carruajes. Los criados extendieron para nosotros unas esteras hasta la casa y nos vimos obligadas a salir y caminar. Fue un fastidio y nos sentimos incoÌmodas, pero ¿queÌ otra cosa podiÌamos hacer? Para colmo habiÌa un grupo de hombres, que incluiÌa a cortesanos de edad y tambieÌn a otros de menor rango, de pie cerca de la casilla del guardia y que nos observoÌ del modo maÌs irritante.
Cuando entramos y vimos a Su Majestad la Emperatriz, le conteÌ lo que nos habiÌa sucedido. “¿Acaso no calcularon que podriÌan ser vistas tambieÌn por quienes estaban afuera? –me dijo–. Me pregunto por queÌ no se han arreglado hoy.â€
“Pero, Su Majestad –repliqueÌ–, la gente ya estaÌ acostumbrada a nosotras y le habriÌa sorprendido que de repente nos hubieÌramos preocupado mucho por nuestra apariencia. De todos modos, me extraña que las entradas de una mansioÌn como esta sean estrechas para un carruaje. ImportunareÌ al mayordomo sobre este tema cuando lo vea.â€
En ese preciso momento Narimasa llegoÌ con una piedra para la tinta y otros elementos de escritura, que lanzoÌ por debajo del biombo diciendo: “Le pido se los entregue a Su Majestadâ€.
“Bueno –dije–, se ve que eres un infeliz. ¿Por queÌ vives en una casa con entradas tan estrechas?â€
“He levantado mi casa de acuerdo con mi condicioÌnâ€, replicoÌ rieÌndose.
“Eso estaÌ bien –dije–, pero he oiÌdo de alguien que construyoÌ su entrada excesivamente alta, desproporcionada con respecto del resto de la casa.â€
“QueÌ notable –exclamoÌ Narimasa–. Debes referirte a Yü Ting-kuo.5 CreiÌ que soÌlo los estudiosos ancianos habiÌan oiÌdo sobre esas cosas. Y hasta yo, señora, no la habriÌa comprendido de no haberme extraviado tambieÌn por esos senderos.â€
“¡Senderos! –dije–. Los tuyos dejan mucho que desear. Cuando tus criados extendieron esas esteras para nosotras, no nos dimos cuenta de lo accidentado que estaba el suelo y trastabillaÌbamos todo el tiempo.â€
“Claro, señora –dijo Narimasa–. Ha estado lloviendo, y me temo que hubiera algunos pozos. Pero dejeÌmoslo ahiÌ. Seguro que continuaraÌ usted haciendo otras desagradables observaciones. Prefiero retirarme antes de darle tiempo.†Y diciendo esto se fue.
“¿QueÌ sucedioÌ? –preguntoÌ la Emperatriz cuando me reuniÌ con ella–. Narimasa se veiÌa muy molesto.â€
“Oh, no –le contesteÌ–. SoÌlo le estaba contando que nuestro carruaje no pudo entrar.†Y me retireÌ a mi habitacioÌn.
CompartiÌa esta habitacioÌn con varias de las joÌvenes damas de compañiÌa. TeniÌamos sueño y, sin prestar atencioÌn a nada, caiÌmos dormidas enseguida. Nuestra habitacioÌn estaba en el ala este de la casa. IgnoraÌbamos el hecho, pero lo cierto es que el cerrojo de la puerta corrediza que daba a los fondos de la antesala oeste se habiÌa perdido. Por supuesto, el dueño de la casa lo sabiÌa y pronto se hizo presente tras deslizar la puerta.
“¿Se me permitiriÌa entrar?â€, dijo varias veces con una voz extrañamente ronca y excitada. LevanteÌ la vista sorprendida y gracias a la luz de la laÌmpara que habiÌa tras la cortina pude ver a Narimasa parado detraÌs de la puerta que manteniÌa abierta. La situacioÌn me divertiÌa. Nunca se habriÌa atrevido a una conducta tan lasciva pero, como la Emperatriz estaba alojada en su casa, sintioÌ evidentemente que podiÌa hacer lo que queriÌa. Despertando a las joÌvenes que dormiÌan cerca de miÌ, griteÌ: “Miren quieÌn estaÌ aquiÌ. QueÌ visioÌn tan desagradableâ€. Todas se incorporaron, y al ver a Narimasa en la puerta rompieron a reiÌr. “¿QuieÌn eres? –dije–. No intentes esconderte.†“Oh, no –contestoÌ–. Es soÌlo que el dueño de casa tiene algo que discutir con la dama de compañiÌa a cargo.â€
“Hablaba de tu portoÌn de entrada –dije–. No recuerdo haber mencionado ninguna puerta corrediza.â€
“Claro –contestoÌ–. Es precisamente sobre la entrada que deseaba hablar contigo. ¿PodriÌa entrar un momentito?â€
“La verdad que es desagradable –dijo una de las joÌvenes–. No debemos permitirle entrar.â€
“Oh, veo que hay otras joÌvenes en la habitacioÌnâ€, dijo Narimasa. Y cerrando la puerta tras de siÌ, se retiroÌ, seguido por nuestras risas.
¡QueÌ absurdo! Una vez que habiÌa abierto la puerta, lo loÌgico habriÌa sido que avanzara de una vez, sin volvernos a pedir autorizacioÌn. ¿Pues queÌ mujer le habriÌa dicho: “Por favor, pasaâ€?
Al diÌa siguiente le conteÌ a la Emperatriz sobre el incidente. “No me habriÌa imaginado algo asiÌ de Narimasa –dijo riendo–. Debe haber sido tu conversacioÌn de la otra noche lo que despertoÌ su intereÌs por ti. La verdad que no puedo sino sentir pena por el pobre. Has sido demasiado severa con eÌl.â€
Otro diÌa, cuando la Emperatriz estaba impartiendo oÌrdenes acerca de los vestidos para las niñas que esperariÌan al PriÌncipe Imperial, Narimasa preguntoÌ: “¿Ha decidido Su Majestad sobre el color de los accesorios que han de cubrir las ropas de las niñas?â€. Esto nos causoÌ gracia, y por cierto que nadie podriÌa criticarnos por nuestras risas. A continuacioÌn opinoÌ Narimasa sobre el servicio de comida. “Creo que seriÌa casi un desatino, Su Majestad, si se utilizaran los utensilios usuales. Si me permite, aconsejo el empleo de pequeñas fuentes y pequeñas bandejas.â€
“Y todo servido –agregueÌ yo– por las jovencitas con ropas acompañadas por los accesorios sugeridos.â€
“Haces mal en burlarte de eÌl como las otras –me dijo la Emperatriz maÌs tarde–. Es un hombre muy franco, y me da laÌstima.†Aun esta reprimenda me resultoÌ deliciosa.
Cierto diÌa cuando estaba atendiendo a la Emperatriz, se acercoÌ un mensajero y me avisoÌ que Narimasa deseaba comunicarme algo. La Emperatriz, que alcanzoÌ a oiÌr, dijo: “Me pregunto queÌ haraÌ esta vez para lograr convertirse nuevamente en objeto de mofa. Ve a ver queÌ deseaâ€. Encantada con su observacioÌn, decidiÌ ir yo misma y no delegarlo en una criada. “Señora –anuncioÌ Narimasa–, le conteÌ a mi hermano, el Consejero, lo que usted habiÌa dicho sobre la entrada. QuedoÌ sorprendido y me pidioÌ que le arreglara un encuentro con usted en un momento adecuado para poder escuchar lo que usted tenga que decir.â€
Me preguntaba si Narimasa hariÌa alguna referencia a su visita de la otra noche y sentiÌ que mi corazoÌn latiÌa con violencia, pero no dijo nada, agregan- do al retirarse soÌlo esto: “Me gustariÌa venir y encontrarnos con calma uno de estos diÌasâ€.
“Entonces –dijo la Emperatriz al verme regresar–, ¿queÌ pasoÌ?†Le conteÌ palabra por palabra lo que Narimasa habiÌa dicho, agregando con una son- risa: “Nunca habriÌa imaginado ser tan importante para merecer un mensaje especial de su parte estando en servicio. Por cierto que podriÌa haber esperado hasta que yo estuviera tranquila en mi habitacioÌnâ€.
“Seguramente creyoÌ que te complaceriÌa saber la opinioÌn de su hermano y queriÌa comunicaÌrtela enseguida. Sabes que tiene una enorme consideracioÌn por eÌl.†Muy divertida se veiÌa la Emperatriz al decir esto.
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