Dar a luz en Venezuela es un riesgo mortal
Ninoska Torres, de 23 años, después de dar a luz a su hija, Lisandry, en un hospital administrado por el gobierno en La Victoria, Venezuela. (Meridith Kohut / The New York Times)Los dolores de pa...
Ninoska Torres, de 23 años, después de dar a luz a su hija, Lisandry, en un hospital administrado por el gobierno en La Victoria, Venezuela. (Meridith Kohut / The New York Times)
Los dolores de parto empezaron en su pueblo, a oscuras. Su bebé estaba por llegar y Milagros Vásquez, de 20 años, necesitaba ayuda. Con un vestido corto estirado sobre su cuerpo hinchado y cada vez más estresado, Vásquez se enfrentó a un viaje en mototaxi a través de tres rÃos y sostuvo su vientre en dos accidentados viajes de autobús. Pero llegar al primer hospital solo fue el principio.
Durante las siguientes 40 horas, Vásquez, quien fuera una estrella deportiva en la secundaria, visitó un segundo, un tercer y un cuarto hospital. No tenemos instrumental estéril, le dijeron en uno. No hay incubadora, le dijeron en otro.
Tomó otro autobús. Durmió en una banca. Lloró en la calle y perdió la cuenta del número de doctores que le habÃan puesto la mano dentro en un intento por estimar su dilatación solo para decirle que se fuera. Intentó en un quinto hospital. No podemos ayudarte, le dijeron.
En Caracas, al fin, afuera de la mayor maternidad del paÃs, lanzó una última súplica desesperada. “Por favor, Diosâ€, oró Vásquez, “no permitas que me mueraâ€.
El tercer hospital al que Vásquez fue para pedir atención médica no tenÃa la incubadora que su bebé prematuro habrÃa podido necesitar. Se marchó del hospital llorando. (Meridith Kohut / The New York Times)Milagros Vásquez, de 20 años, durmió en una banca afuera de un hospital público. Durante horas esperó recibir asistencia médica. (Meridith Kohut / The New York Times)El sistema de salud pública de Venezuela, alguna vez uno de los mejores en América Latina, hace años que se encuentra en un estado decadente, paralizado por una economÃa en quiebra y a cargo de un gobierno cada vez más autoritario. Pero pocos aspectos de dicho sistema han resultado tan dañados como las maternidades, donde el equipo más crucial para el parto —monitores de signos vitales, ventiladores, sistemas de sanitización— se ha malogrado o ha desaparecido, algo que veces obliga a los médicos a negar atención a las mujeres.
Alrededor de la mitad de los médicos del paÃs —unos 30.000 profesionales— se han marchado en años recientes, muchos de ellos desesperados por salvar a sus familias, según la Federación Médica Venezolana. El verdadero impacto que esto tiene en las madres y los bebés se desconoce. Los datos más recientes son de 2016, cuando la mortandad materna se disparó al 65 por ciento y la mortalidad infantil creció en 30 por ciento en un solo año. La ministra que dio a conocer dicha información fue rápidamente despedida y desde entonces las nuevas estadÃsticas se han tratado como un secreto.
Para comprender cómo es dar a luz en este sistema destrozado, acompañamos a mujeres embarazadas en seis hospitales de Venezuela y a una al otro lado de la frontera con Colombia en su intento por parir.
Lo que encontramos es que hoy, en Venezuela, dar a luz es arriesgarse a la muerte, tanto de la mujer como de su bebé.
Vásquez alguna vez fue una jugadora de balonmano a nivel secundario tan célebre por su fuerza y habilidad que viajó por América Latina en representación de Venezuela.
Pero un dÃa de enero de este año, en la entrada de la maternidad más importante del paÃs, el Concepción Palacios, se derrumbó llorando, con los brazos alrededor de la cintura de Cristina, su mamá, quien golpeaba la puerta y rogaba que admitieran a su hija.
Vásquez y su madre piden ayuda en el quinto hospital al que se acercaron después de que se le rompió la fuente. (Meridith Kohut / The New York Times)Aferrada a su madre, sollozando y aterrorizada, Vásquez se negó a irse. Solo después de que se desmayó, el hospital la dejó entrar. (Meridith Kohut / The New York Times)Vásquez se desmayó. Pero entonces la puerta se abrió y unas 48 horas después de haber empezado con dolores de parto dio a luz a su hija, Cristal. Pero la bebé, nacida prematura y diminuta con solo kilo y medio de peso, no sobrevivió más allá de la mañana.
DÃas después, Vásquez sacó una sábana blanca infantil del bolsillo de su sudadera, uno de los únicos recuerdos que conservaba de su hija.
Los funcionarios del hospital se habÃan negado a darle un certificado de defunción y, como no tenÃa dinero para el entierro, habÃa tenido que dejar el cuerpo de Cristal en la morgue.
“AquÃâ€, dijo, “a una mujer la tratan como a un perroâ€.
Para muchas mujeres venezolanas hoy en dÃa, el principal rasgo que define al alumbramiento es la ruleta: el proceso agotador de ir de hospital en hospital intentando encontrar uno equipado para atenderlas.
A veces viajan de aventón, o caminan kilómetros o toman autobuses que recorren caminos cuyos baches y obstáculos parecen diseñados solo para torturarlas. En muy pocos casos las rechazan una y otra vez hasta que dan a luz en la calle, o en las escalinatas de ingreso al hospital, o en el vestÃbulo.
Evaró ChacÃn, de 32 años, dijo que su hija nació en el piso del vestÃbulo del Hospital Noriega Trigo en Maracaibo luego de que el personal le advirtió que no podÃan ingresarla. “Mi esposo fue el que me tuvo que ayudarâ€.
En algunos casos, las mujeres mueren. Darwin MaiquetÃa, de 37 años, perdió a su esposa, Kenny Chirinos, el 20 de enero, después de que contrajera una infección tras una cesárea en un hospital militar. Durante años, los hospitales han batallado para conseguir desinfectantes.
“El nivel de ira que tengo no es nada normalâ€, dijo una tarde MaiquetÃa, mientras acunaba en brazos a su hija Alena. Eligió un hospital militar, dijo, porque creÃa que en un paÃs cada vez más militarizado, serÃa lo seguro.
Darwin MaiquetÃa dÃas después de que su esposa, Kenny Chirinos, murió de una infección después de dar a luz a Alena en un hospital administrado por el Estado. (Meridith Kohut / The New York Times)Los dÃas antes de que muriera, MaiquetÃa vió cómo el cuerpo de su esposa se convulsionaba. (Meridith Kohut / The New York Times)Chirinos, una ávida excursionista que a menudo practicaba rappel en las afueras de Caracas con su esposo, fue el amor de su vida, dijo.
“Destruyen familiasâ€, dijo, “destruyen vidasâ€.
En otros casos, las familias pierden a sus hijos.
“Todas las clÃnicas me decÃan lo mismo: no hay los cuidados necesarios para tu bebéâ€, dijo Aydimar Alvarado, de 26 años, quien tuvo que ir a 12 hospitales antes de tener a su hijito, Kahel, en diciembre.
Con una melena de pelo oscuro que las enfermeras peinaron como un penacho que lo hacÃa lucir como una estrella de rock en miniatura, Kahel murió diez dÃas después. Su certificado de defunción citaba como causa de muerte que era prematuro, sangrado alrededor del cerebro y otros factores.
Un médico con el que consultamos dijo que las condiciones que llevaron a su muerte podrÃan haberse prevenido o atendido si el cuidado de la madre no hubiera sido postergado debido a la ruleta.
Aydimar Alvarado con un mono que perteneció a su bebé, Kahel. (Meridith Kohut / The New York Times)Después de que nació, las enfermeras peinaron a Kahel con un penacho. Murió diez dÃas después. (Meridith Kohut / The New York Times)En muchos de sus discursos televisados, el presidente del paÃs, Nicolás Maduro, ha descrito que el sistema de salud enfrenta desafÃos pero que en general va bien. En marzo alentó a las mujeres a “parir, parir†y dijo que todas las mujeres deberÃan “tener seis hijos, todas. Que crezca la patriaâ€.
Ha culpado de la escasez de suministros médicos a las sanciones impuestas por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para derrocarlo.
Analistas y crÃticos afirman que esta aseveración es cierta solo en parte.
Las sanciones han retrasado en ocasiones la entrega de provisiones pero el gobierno podrÃa recurrir a las organizaciones de ayuda para conseguir lo que le falta, dijo Feliciano Reyna, fundador de la organización sin fines de lucro Acción Solidaria.
El economista Asdrúbal Oliveros dijo que Maduro simplemente habÃa elegido priorizar la importación de gasolina y alimentos por encima de las medicinas bajo el cálculo de que las mujeres embarazadas y los enfermos no protestan pero las personas hambrientas sà lo hacen.
Los titulares de los ministerios de Salud y Mujeres del paÃs no respondieron a pedidos de entrevista; tampoco los directores de varios grandes hospitales.
Luego de años de negar que el paÃs estuviera en crisis, Maduro abrió el año pasado la puerta a la ayuda humanitaria y grupos como la Cruz Roja y Unicef empezaron a traer cientos de toneladas de bienes, entre ellos antibióticos que salvan la vida.
Pero el efecto en el mejor de los casos ha sido paliativo, en parte porque las donaciones son escasas.
“Nosotros hemos lanzado un llamamiento de ayudaâ€, dijo Luis Farias, de Cruz Roja Venezuela, “que no contó con el respaldo que se esperabaâ€.
Un campamento dirigido por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados en la frontera entre Venezuela y Colombia está lleno de venezolanas que acaban de dar a luz. (Meridith Kohut / The New York Times)Madres venezolanas esperan en la fila para recibir revisiones médicas de parte de integrantes de la Unicef y de doctores para sus hijos. (Meridith Kohut / The New York Times)De gravedad es que la escasez de suministros médicos está chocando con las crecientes necesidades de las mujeres venezolanas. Años después de la recesión del paÃs, un número creciente de mujeres embarazadas se enfrentan a problemas relacionados con la crisis, como la desnutrición, que aumenta el riesgo de un parto complicado y la necesidad de asistencia de expertos.
Los obstetras y pediatras que no se han marchado encuentran que es casi imposible hacer su trabajo. Dentro de la sala de partos en el hospital público de la ciudad de La Victoria, Nataly Smith, de 21 años, se subió a una cama de parto de metal una noche, temblando y sola. Llevaba los labios pintados de rosa y tenÃa el pelo recogido en una cola de caballo. La sangre se acumuló en el suelo debajo de ella.
Una lista de artÃculos faltantes colgaba en una pared cercana: jabón, gasa, bolsas de basura. Los gusanos habÃan invadido los sillones reclinables de vinilo del hospital, por lo que las camas habÃan sido desterradas a una habitación cercana.
“Tengo miedoâ€, susurró Smith. A sus pies estaba la doctora Beatriz Ticona, de 52 años, jefa de la sala, con gafas moradas y un atuendo médico colorido. Decenas de sus doctores habÃan renunciado, dijo, horrorizados por las condiciones o desesperados por conseguir un sueldo más alto. La mayorÃa de los médicos en los hospitales públicos ganan menos de 10 dólares al mes, un salario con el que es imposible vivir. La doctora Ticona dispone de cuatro pediatras para ayudarla. Necesita 18, dijo.
La doctora cuenta con dos respiradores para bebés necesitados y no tiene una unidad de cuidados intensivos. Hay un baño sucio para toda la sala de maternidad. El banco de sangre a menudo está vacÃo. Esa noche, Smith dio a luz a una niña sana, Cristangely.
Un equipo médico de maternidad ayuda a parir a la bebé de Nataly Smith. Los médicos de hospitales públicos de Venezuela usualmente ganan menos de 10 dólares al mes. (Meridith Kohut / The New York Times)Cristangely, la hija de Smith, minutos después de nacer. (Meridith Kohut / The New York Times)Pero no todas las pacientes son tan afortunadas. Y cuando alguna muere, las familias a veces buscan a alguien a quien culpar.
“Verse en esa situación donde te acusan de que tú eres un asesinoâ€, dijo la doctora Ticona, “no es fácilâ€.
Hace como tres años, la doctora Ticona colapsó y tuvo que abandonar su trabajo durante meses. Volvió debido al sentido del deber. Pero se preguntaba cuánto tiempo podrÃa aguantar.
“Llega un momentoâ€, dijo una noche, “en que con tanta carencia uno colapsaâ€.
Cada vez más, las mujeres embarazadas se dan por vencidas y renuncian a Venezuela para viajar a la vecina Colombia, donde el gobierno ha prometido pagar sus servicios de salud. Estas mujeres, algunas de las cuales han visto cómo mueren en casa sus hermanas y vecinas durante el parto, son parte del creciente éxodo venezolano. Hace cinco años, en el Hospital San José de Maicao, Colombia, a unos minutos de la frontera, los médicos asistieron en el nacimiento de unos 70 niños venezolanos. El año pasado fueron más de 2700.
A unos kilómetros de distancia, un campamento administrado por la agencia de refugiados de Naciones Unidas está lleno de mujeres que acaban de dar a luz.
El influjo ha empujado al hospital a su lÃmite económico, dijo el doctor Guillermo Villamil, uno de los administradores. Hasta ahora el gobierno de Colombia le ha pagado al hospital menos de una tercera parte de los 10 millones de dólares que ha costado la atención de los pacientes venezolanos, dijo, y agregó que estaba comprometido a seguir ayudando hasta que se terminara el dinero. (La oficina de la presidencia de Iván Duque dijo que estaba evaluando los costos hospitalarios y la deuda).
Aunque los cruces fronterizos oficialmente están cerrados para prevenir la propagación del coronavirus, las mujeres embarazadas siguen llegando, a menudo después de viajes peligrosos en trochas informales.
Un dÃa de enero, una camilla hospitalaria atravesó a toda velocidad la sala de maternidad del Hospital San José. En ella iba NeryelÃn González, de 25 años, quien habÃa abandonado sus estudios universitarios de QuÃmica en Venezuela y diez dÃas antes habÃa cruzado a Colombia por una vereda ilegal en busca de un lugar seguro para tener a su bebé.
En la sala de alumbramiento parió en un reclinable acolchado cubierto en plástico sanitario. Una cuna limpia esperaba a su bebé. Dos médicos y tres enfermeras la acompañaron.
“Empujaâ€, dijo el doctor Acuña. “Respiraâ€. Su hijito, Jhonei, nació saludable, con poco más de tres kilos.
NeryelÃn González cruzó a Colombia para dar a luz en un hospital estatal de ese paÃs. (Meridith Kohut / The New York Times)“Dios mÃoâ€, dijo mientras los médicos lo alzaban, y su rostro angustiado se torció en una sonrisa. “¡Salió!â€.
Más tarde, personal del hospital la trasladó a una habitación limpia con aire acondicionado y ducha. Se puso el vestido blanco que habÃa llevado. Poco después las enfermeras trajeron a su bebé y un plato de comida caliente.
Lo habÃa hecho, dijo. El viaje habÃa valido la pena.
Su hijo estaba seguro, añadió. Y no planeaba volver.
(c) The New York Times 2020
