El “efecto dominóâ€: la historia de la enfermera, su marido y sus 11 hijos, todos con coronavirus
La primera que tuvo sÃntomas fue Irene, que dio positivo. La medida de protección era aislarse de su familia, cosa que resultó imposible. “Estuve en los dos extremosâ€, arranca José MarÃa C...
La primera que tuvo sÃntomas fue Irene, que dio positivo. La medida de protección era aislarse de su familia, cosa que resultó imposible.
“Estuve en los dos extremosâ€, arranca José MarÃa Cebrián Ruiz desde el departamento sin jardÃn en el que él, su esposa y sus 11 hijos están por cumplir un mes de aislamiento total. Se refiere a que él mismo fue muy escéptico al comienzo: el relato de la “guerra contra el enemigo invisible†le pareció una exageración. También se refiere a él, pocos dÃas después: contagiado, con dificultad para respirar, seguro de que se iba a provocar un “efecto dominó†en sus hijos y con un miedo palpable de que alguno no pudiera saliera adelante.
“VeÃamos que en Italia el asunto estaba bastante serio pero, como muchos españoles, no terminábamos de creerlo. No le dimos la importancia que tenÃa, tampoco pensábamos que nos fuese a tocar a nosotros, vamosâ€, cuenta a Infobae el arquitecto y docente español “Chema†Cebrián Ruiz. Está en el departamento en el que vive con su familia numerosa en Valladolid, España, aprovechando unos minutos de silencio relativo, mientras la mayorÃa de sus hijos hace la tarea que les envÃan del colegio.
El marido de Irene tiene 43 años y fue el único que tuvo dificultad respiratoria. Los hijos, de entre 1 y 15 años, tuvieron vómitos.Irene Gervas, su esposa, es enfermera y trabaja en el departamento médico de la fábrica de autos de Renault, junto a otras 5.000 personas. "Antes de que se decretara el estado de alarma Irene habÃa atendido a muchos empleados, algunos de ellos habÃan llegado de Italia y tenÃan sÃntomas de coronavirus. Creemos que ahà se ha podido contagiarâ€, dice “Chemaâ€. De haber sido asÃ, el contagio de Irene no es una excepción a la regla: en España al menos 25.000 integrantes del personal sanitario se contagiaron el virus.
El 14 de marzo, cuando en España se declaró el “estado de alarmaâ€, “Chema†e Irene hicieron lo que hicieron todos en muchos paÃses: fueron a hacer una compra grande al supermercado para sobrevivir al confinamiento con sus 11 hijos. “También me pude haber contagiado ahÃ, o en las idas y venidas al colegio hasta ese dÃa con tanto niñosâ€, dice Irene.
La cuestión es que el 15 de marzo, un dÃa después del inicio del “estado de alarmaâ€, Irene empezó a sentirse mal. Tuvo fiebre, dolor de cabeza y de cuerpo y, por ser personal sanitario, le hicieron el test rápidamente. “Dos dÃas después, cuando llamaron para decir que a ella le habÃa dado positivo, yo ya estaba fatalâ€, cuenta él.
En su departamento de cuatro habitaciones y dos baños en el que ya habÃan empezado la cuarentena obligatoria estaban sus hijos: Carmen (15), Fernando (14), José Luis (12), Juan Pablo (11), los mellizos Miguel y Manuel (9), Ãlvaro (8), Irene (6), Alicia (4), Helena (3) y José MarÃa (1).
"Tuve miedo a lo desconocido", cuenta ella. Pensó: "Si no podemos aislarnos, ¿entonces qué va a pasarnos?’".“Nos informaron que las concentraciones de gente eran muy peligrosas y para nosotros era imposible aislarnos. Tuve mucho miedo a lo desconocido, especialmente por los niños. ‘Si no podemos aislarnos, ¿entonces qué va a pasarnos?’â€, cuenta ella. “El pobre médico estaba desquiciado. Aislarnos era imposible y no sabÃa cómo ayudarnosâ€. Sin poder ni asomarse por ser “grupo de riesgo†las abuelas -que ya antes eran piezas clave en el reparto de las tareas de cuidado- se pusieron a cocinar masivamente para enviarles comida.
Irene pasó a dormir sola en la habitación y “Chema†en el living. Cuidar a un bebé de un año cuando la regla es no acercarse fue muy difÃcil: “Muchas veces tuvimos que dejarlo llorar en la cuna por no poder alzarloâ€, dice ella. Los hijos mayores, todavÃa sin sÃntomas, se organizaron hacia arriba y hacia abajo: asistieron a sus padres y a los hermanos más chicos.
“Chemaâ€, al igual que Irene, pasó por distintas fases: no sintió nada al comienzo, cuando seguro ya tenÃa el virus, pero sintió un dolor de cabeza fuerte y fiebre alta a los 5 o 6 dÃas. También sintió dolor muscular generalizado, “una fatiga, un dolor que te inutiliza y te deja sin fuerzas para moverte de la camaâ€.
Madrid habilitó las instalaciones del Palacio de Hielo, un centro comercial con cines y pista de patinaje sobre hielo, como morgue para hacer frente a tantas muertes (EFE/Mariscal) (Mariscal/)Después vinieron unos dÃas de calma que antecedieron a lo que ahora identifica como “lo peorâ€: “Ahà fue cuando me empezó a costar mucho respirar. En esa fase te entra una angustia que ni te digoâ€, cuenta él. Ninguno de los dos estaba grave pero la angustia tenÃa de qué agarrarse: según el último balance del Ministerio de Sanidad español, 17.489 murieron de coronavirus mientras que se registraron 169.496 contagios y 64.727 pacientes recuperados.
“Ahà tuve miedo. Mi mujer tampoco estaba bien y los chicos empezaban a caer de a dos en dos: dos con fiebre alta y vomitando y uno sin saber qué hacer. Nos decÃan que sin sÃntomas crÃticos nos quedáramos en casa y yo pensaba ‘a ver si estamos acá aguantando cuando deberÃamos estar en un hospital’. Yo he llegado a pensar que efectivamente alguno podÃa morir. Nosotros somos católicos practicantes, sabemos que la muerte es el paso al cielo, a la vida eterna y luego viene el renacimiento, pero la teorÃa va por un lado y la experiencia personal por otro: viendo que la mayorÃa de los fallecidos son hombres, yo pensaba que si me morÃa dejaba a Irene sola a cargo de 11 niños. Encerrados la cabeza empieza a dar vueltas, se te arma la tormenta perfectaâ€.
El staff médico del Hospital Jimenez Diaz saluda a los vecinos que salen a diario a aplaudirlos (REUTERS/Juan Medina). (JUAN MEDINA/)La sensación de descontrol se calmó cuando “Chema†e Irene vieron que los chicos se reponÃan rápidamente: “TenÃan fiebre alta, dolor de cabeza, dolor muscular y vomitaban mucho, 3 o 4 veces por dÃa. Al dÃa siguiente, o dÃa y medio después, lo superaban y caÃan otrosâ€. Lo que les iba pasando a unos los ayudaba a saber qué esperar cuando empezaban los sÃntomas en los otros. Salvo a Irene, a nadie más en la familia le hicieron el test aunque, por los sÃntomas, los médicos les dijeron que dieran por hecho que todos se habÃan contagiado.
Los adultos todavÃa tienen algunos sÃntomas: casi un mes después de haber dado positivo, el fin de semana Irene estuvo en cama, todavÃa con fatiga. El domingo también “Chema†volvió a tener fiebre y dolor de cabeza. Sólo la nena de tres años sigue con un cansancio desmesurado; el resto ya está bien.
Encerrados con 11 niños
Cuando se dieron cuenta de que el aislamiento venÃa para largo, la familia empezó a buscar formas de organizar el encierro con niños. Pusieron horarios que raras veces pudieron cumplir, dividieron tareas domésticas según sus edades - “el aburrimiento es letal para un niñoâ€- y ciertas reglas de salud mental: “Determinamos que la mayor solo podÃa protestar una vez al dÃa, asà que su meta era elegir bien el momento. Otro, el que no paraba de decir ‘me aburro’ sólo podÃa decirlo una vez a la mañana y otra a la tardeâ€, se rÃe “Chemaâ€.
"Somos católicos practicantes, sabemos que luego de la muerte viene el renacimiento, pero la teorÃa va por un lado y la experiencia personal por otro: viendo que la mayorÃa de los fallecidos son hombres, yo pensaba que si me morÃa dejaba a Irene sola a cargo de 11 niños", cuenta él.Y en medio de ese contexto de risas contesta cuando la pregunta es si, encerrados con 11 hijos, no pierden la paciencia: “Todos los dÃas y varias veces al dÃa los tirarÃa de a uno por la ventana, aunque creo que es más fácil y rápido dar el salto yoâ€. Un poco de humor para soportar lo que se viene “porque a mis padres y suegros ya les hemos dicho: aunque se levante el aislamiento, hasta agosto o septiembre no nos acercamos a ellos ni locosâ€.
Son tantos que, en este mes, no pasaron uno sino cuatro cumpleaños en el encierro. “Y una piensa: “¿Cómo no le vamos a hacer una torta?â€, se despide Irene. Las hicieron con lo que habÃa -"torres de galletas"- y buscaron velas viejas, que casi nunca coincidieron con los años que cumplÃan: “A lo mejor las velas sumaban 197, y bueno, cumpleaños número 197. Hay que ponerle humor para salir adelante y aprovechar el momento para escuchar a los niños, algo que hacemos poco por ir tan deprisa. Para nosotros es duro pero también es una oportunidad para decirles que los queremos y para enseñarles a ser fuertesâ€.
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