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Después del coronavirus nada será obvio - Radio Urbana 96.3 FM
Generales

Después del coronavirus nada será obvio

(REUTERS/Christian Hartmann) (CHRISTIAN HARTMANN/)Tuvo que llegar una pandemia para que advirtiéramos que no siempre alcanzamos la verdad de casi nada, que buena parte de lo que deglutimos como in...

(REUTERS/Christian Hartmann) (CHRISTIAN HARTMANN/)

Tuvo que llegar una pandemia para que advirtiéramos que no siempre alcanzamos la verdad de casi nada, que buena parte de lo que deglutimos como información no siempre lo es, que no todos los que se dicen “científicos” lo son y que la sobredosis de noticias -que consumimos a diario- puede ser tan dañina como la propia pandemia que estamos tratando de erradicar.

El mundo científico fue el primer deglutido por todo lo que sucedía. Al principio, las versiones del contagio eran difusas y tenues; luego vino el “barbijo” y empezó a ser un asunto de debate nacional en todos lados (ya se comprende que es mejor usarlo en cualquier hipótesis, lean en The Atlantic: “Everyone thinks they are right about masks”) y no es claro cuánto tiempo permanece activo el virus en diversas superficies, como tampoco es sabido con certidumbre absoluta cuál es su verdadera potencia en el aire (se leen versiones disímiles). O sea, los científicos –de quienes esperamos certezas- no produjeron la tranquilidad que se anhelaba. Epidemiólogos, virólogos y algunos médicos locuaces empezaron a ocupan las pantallas de la televisión planetaria y no siempre todos tienen las respuestas adecuadas a tantas preguntas que de manera insistente hacemos día a día. Lo afirmo con respeto, pero los médicos especialistas con solidez respetable, con papers en tiempo real, con información de primer nivel, con estudios comparativos de resultados validados, con versación sobre terapias eficaces y químicos eventualmente aplicables, en el planeta son pocos. Por momentos tengo la sensación de que pretendimos que los médicos fueran semidioses homéricos pero los transformamos en panelistas de programas televisivos.

Los medios de comunicación visual, a su vez, alienaron, están bajo estado de shock y tienen que renovar sus formatos con comunicaciones vía Skype mientras no lograron hacer “la puesta” de los comunicadores como corresponde a pantallas multitudinarias en un único tema que convoca 24 horas sobre 24 horas. Es cierto, hay más encendido y más audiencia con la población en cuarentena, pero hay menos anunciantes y menos economía que sostenga producciones de calidad en recesión. Se advierte, inclusive, comunicadores que vía Skype instalan sus rostros pegados a la cámara, iluminan mal los espacios donde están ubicados o salen al aire desde ámbitos familiares sin cuidar lo mínimo de una estética televisiva. Todo en medio de un caos informativo que semióticamente descubre la asimetría de la narrativa que se está produciendo. Resulta extraño que la comunicación visual vía internet tenga semejante “amateurismo” por parte de profesionales que cuando están en el piso de un canal se maquillan, usan las vestimentas adecuadas al rol que juegan y discuten hasta la iluminación ideal para sus tipos de color de piel. Solo faltó que alguno saliera de pijama y el surrealismo era completo.

Los gobernantes, o sea aquellos que tienen poder real, los que pueden detener la marcha de un país en aras de un bien superior a tutelar como es la vida, se pueden definir en tres categorías: los lúcidos-prudentes son los que procuran anticipar políticas gubernamentales ante el virus, hacen uso de los medios de comunicación de forma pertinente, exhortan, ordenan y ambientan a la prevención de manera constante y no están midiendo costos políticos; están también los aprovechadores-populistas que se parecen a los primeros, pero tienen menos sustento en sus políticas, siguen haciendo política electoral (o buscando la adhesión irracional) y no terminan por captar la gravedad sanitaria y económica de la hora; y finalmente también reconocemos a los líderes necios que solo actúan cuando el incendio es total y aparecen corriendo de atrás, solo procurando mostrarse eficaces cuando en los hechos la curva del contagio exponencial los envolvió y producen respuestas ex post facto. (Son “tipos ideales”, dijera Max Weber: en los hechos se pueden mezclar las categorías).

En ciencia política trabajamos con “política comparada”. Es una disciplina que analiza sistemas políticos, económicos y sociales y procura diseccionarlos para ver cuán distintos son algunos de otros y que similitudes tienen entre sí. Es una de las áreas más complejas de la sociología política porque las matrices culturales de los países (las comunidades, los pueblos, las creencias, las actitudes y la forma de ser) tienen mucho que ver con la idiosincrasia de los mismos y eso determina los sistemas políticos con los que se gobiernan. Una monarquía constitucional es impensable en América del norte, un modelo parlamentarista es inimaginable en Estados Unidos y Francia es imposible concebirla sin su presidente a la cabeza (aunque allí se mezclan sistemas). Además, la forma en que se enfrenta una pandemia no es comparable en una democracia con una autocracia. El dicho popular nunca fue tan cierto: no se mezcla chicha con limonada.

Por estas razones es absurdo analizar sistemas muy diversos si los datos que se compilan son extraídos bajo sistemas también diversos. Y es irrelevante también comparar situaciones donde el ratio de utilización kits es bajo con países donde la aplicación de los test son masivos. Estamos comparando lo incomparable y eso es parte también de la alienación en la que nos zambullimos.

Día a día miramos los decesos del planeta como si fueran partes de guerra. Y noche a noche esperamos el dato como si algo epifánico fuera a suceder. Claro, allí ya no hay debate, esa es la única verdad. Y como la finitud siempre impacta, todos estamos movilizados y preocupados. Ese dato nos conmueve aunque sea un número nimio comparado con las muertes planetarias o las de cada país.

Si algo hemos hecho hasta el hartazgo en esta situación dramática en que estamos es manejarnos con poca solidez al relojear los procesos del coronavirus en otras latitudes con liviandad analítica. La contagiosidad elevada del virus no se compadece con su letalidad. Esto es planetario y eso es real. Este es un dato duro. Y eso es lo que nos ha enloquecido, básicamente porque eso no lo habíamos visto nunca con ningún otro virus. Contagia de forma exponencial y ese pánico es el que -de manera inconsciente- ha tenido tanto impacto. Y como puede hacer colapsar (lo ha hecho) los sistemas sanitarios -de varios países-, el cóctel de pánico resulta efectivamente explosivo.

De cualquier forma, nos gana el prejuicio y desde allí hemos construido buena parte de los relatos con los que convivimos a diario, que además se adecuan a lo que imaginamos empalmado con nuestros miedos. “Son mejores los surcoreanos. No tenemos el método de los taiwaneses. Los suecos siguen bebiendo y mueren menos personas allí. En Nueva Zelanda la gente acata más al Estado”. De los italianos y españoles, se oye el lugar común de que “son culturas anárquicas, no son rápidas, no actúan a tiempo, dejan para último momento lo que se debe hacer y todo eso contribuyó a que la peste ingresara”.

¿Será así o nos gana el imaginario mental que se tiene para con esos países? ¿O quizás, repito, el prejuicio nos simplifica sortear la ignorancia? ¿No era que hasta hace unos meses esas naciones eran el sueño en vida de todo aquel que quisiera vivir en el primer mundo?

Del mundo oriental, siempre tan desconocido para los occidentales, se construye la idea que las autocracias allí son totales (como si todo fuera China) y ello les permite ordenar la sociedad de manera firme mientras cualquier disidencia es un acto de traición. (¿Nos olvidamos a propósito de buena parte del resto de países que son democráticos en esa región?) O -lo ha escrito algún filósofo de moda- que el confucionismo es la base filosófica de esa parte autoritaria del mundo y por eso se piensa con tanta sumisión. ¿De veras creemos en algo tan burdo como para creer que esa es la “única” explicación de los resultados en “toda” esa región? Me temo que la inconsistencia de mucha explicación generalista corre riesgos de ser “improvisación” pura.

Entiendo que lo que está sucediendo es que en muchos casos, pueblos que consideramos disciplinados fueron envueltos por una ola que no respetaron, mientras otros que creíamos menos “consistentes” a semejantes desafíos terminaron obteniendo resultados que no estaban en la hoja de ruta inicial, básicamente por aplicar “métodos” que no siempre son iguales en todos lados. Aún no se pueden extrapolar lecciones de casi nadie, esta es parte de la tragedia en la que estamos.

En el fondo, entiendo que esta pandemia nos obliga a pensar y repensar todo lo que damos por obvio. Ya casi nada es obvio y lo que funciona en algunas comunidades en otras resulta impensable imaginarlo. Y la simplificación debe ser lo único que no corresponde asumir porque los problemas complejos requieren respuestas complejas. Si nos creemos que solo con la “distancia social” dentro de cuarentenas obligatorias o sugeridas pero con baja educación (para entender que significa semejante consigna) resolveremos el problema, en los hechos ese no será el camino que nos sacará del brete y estaremos en un limbo romántico que nos durará un breve período.

Por eso cualquier lugar común que nos quiera comunicar el líder regional que nos conduce habrá que pasarlo por un cedazo y procesar sus dichos con la realidad. Esta vez es de vida o muerte cada acción u omisión. Y las muertes que se evitan son vidas que quedan con nosotros, eso es lo que importa salvar, buscando además que la economía no desaparezca, porque de lo contrario la que nos quitará la vida será la economía al morirnos de hambre por falta del ciclo laboral. Esa es la paradoja real en la que hay que adentrarse.

No es entonces una falsa oposición temática la que padecemos. Eso es con lo que deben lidiar los líderes lúcidos y prudentes; de los otros ya sabemos como será la historia.

Los que nos simplifican la gravedad de la hora pendularán hacia un lado u otro buscando el aplauso demagógico. No creo que caminos simples sean el camino de salida ante algo tan tremendo como lo que nos está pasando. Como todo, los eclecticismos son los que nos rescatan de la furia de los dogmatismos, y solo sin dogmatismos se salvan los pueblos. Esa sí que es una lección cíclica de la historia de la humanidad.

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