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El coronavirus y la paradoja de la cooperación - Radio Urbana 96.3 FM
Generales

El coronavirus y la paradoja de la cooperación

La ciudad de Buenos Aires, vacía durante el aislamiento obligatorio dispuesto por el presidente Alberto Fernández (REUTERS/Matias Baglietto/File Photo) (Matias Baglietto/)Los seres humanos afront...

La ciudad de Buenos Aires, vacía durante el aislamiento obligatorio dispuesto por el presidente Alberto Fernández (REUTERS/Matias Baglietto/File Photo) (Matias Baglietto/)

Los seres humanos afrontamos hoy el evento más universal de nuestra historia. Nunca tantos miles de millones de personas experimentamos un cambio similar tan profundo en nuestras vidas en el mismo momento y por la misma causa. Con sus distintas modalidades, las acciones de distanciamiento social unifican hoy al planeta.

Sin embargo, esta uniformidad que vemos a través de las pantallas en casi todos los rincones del globo no es el resultado de ninguna decisión o acuerdo internacional. Por el contrario, muchos países, provincias, municipios e incluso poblados parecen haberse cerrado sobre sí mismos despreocupándose por lo que ocurre fuera de sus fronteras.

En su interesante y provocador libro Sapiens: De animales a dioses, el historiador israelí Yuval Noah Harari sostiene que fue la capacidad de actuar cooperativamente lo que permitió a nuestros ancestros algunas decenas de miles de años atrás “conquistar el mundo”. Harari llama “revolución cognitiva” al proceso por el cual nuestra especie, el homo sapiens, a través del lenguaje abstracto y de la construcción de ficciones compartidas, pudo dar el salto civilizatorio que supone poder cooperar entre cientos, miles o millones de individuos que ni siquiera se conocen entre sí para lograr un objetivo común.

Obviamente Harari no fue el primero ni es el único en señalar la importancia de la capacidad de cooperación, pero la simpleza de su narrativa así como lo ilustrativo de sus ejemplos nos permiten un ejercicio interesante para analizar de manera análoga la cooperación de la humanidad en los tiempos de pandemia.

Desde esta perspectiva podemos ilustrar la paradojal situación que atravesamos hoy frente a la pandemia más universal de nuestra historia. Por un lado, es el accionar conjunto de millones de ciudadanos que quedándonos en nuestras casas y manteniendo la “distancia social” estamos logrando mitigar, contener, aletargar la epidemia. Pero, por el otro, esta imagen de cooperación enorme y sorprendente en la que todos renunciamos voluntariamente a cosas que un mes atrás hubiésemos considerado imposibles contrasta brutalmente con el escenario internacional donde la cooperación, lejos de incrementarse frente a las evidentes necesidades de un fenómeno como este, se reduce día a día.

En el plano local, parece darse lo que el filósofo francés Jean-Luc Nancy ha denominado una “excepción viral” que “nos pandemiza a todos”, a los que podemos quedarnos cómodamente en nuestras casas, trabajando online y viendo cómo nuestros hijos tienen educación a distancia y a aquellos que viven hacinados en barriadas populares y para los que “quedarse en casa” es un acto heroico que significa perder de ganar los pocos recursos que obtenían cada día. Como se ha señalado, el virus por sí solo no discrimina, pero la desigualdad social y económica asegura que los humanos lo hagamos.

Y sin embargo la cooperación persiste incluso entre los que pagan un costo muchísimo mayor por hacerlo, los humildes que guardan la cuarentena, el personal sanitario, las fuerzas de seguridad, militantes sociales que siguen abriendo comedores y merenderos, cajeras y repositores de supermercado, recolectores de residuos, etcétera, etcétera.

Cuando pasamos del plano local al global, el espectáculo no puede ser más distinto. En un artículo reciente, el académico argentino Juan Gabriel Tokatlian nos recordaba que la llamada diplomacia del desastre establece que las catástrofes pueden inducir a la cooperación internacional y, por ende, a mejorar los vínculos entre naciones. Nada de esto parece estar ocurriendo. No es fácil de entender, pero incluso en una crisis menor y de otra naturaleza como la financiera de 2008 todas las naciones no solo cooperaron sino que se dedicaban a mostrar esa cooperación, todo lo contrario a lo que estamos viendo hoy en día. A la escasez de cooperación global hay que sumarle la pobre o nula cooperación regional, e incluso prácticamente no existen acciones de cooperativas entre países vecinos que, al menos en teoría, estarían obligados por sentido común a hacerlo. Es cierto que la crisis de lo que los expertos llaman el “multilateralismo” antecede a la pandemia, como también lo es que el coronavirus, en vez de atenuarla, la ha agravado aún más.

Parece una especie de retroceso a las épocas de la antigua concepción de soberanía estatal, de la Paz de Westfalia del siglo XVII, como dicen los especialistas, en la que los países se muestran soberanos cerrando sus fronteras, pero en realidad se va mucho más atrás. No son solo los estados los que toman estas decisiones, sino que vemos con asombro cómo distintas unidades subnacionales en diversos países deciden políticas que contradicen a las que pretende aplicar el gobierno nacional sobre los mismos territorios. Los Estados Unidos, Brasil, Italia y España, entre otros, muestran algo así como el regreso a la era de las soberanías fragmentadas del mundo feudal donde presidentes, gobernadores, presidentes de las comunidades autónomas, intendentes e incluso ministros rivalizan sobre quién define las políticas (económicas, sanitarias, educativas) sobre las mismas personas.

En síntesis, en gran parte del mundo junto con la extraordinaria cooperación de los pueblos convive una dirigencia incapaz no solo de cooperar sino incluso de coordinar mínimamente las decisiones políticas.

Actualmente existe una interesante y profunda discusión sobre el mundo que vendrá después de la pandemia. Algunos con optimismo hablan de un crecimiento de la solidaridad, la justicia y la igualdad dentro y entre las naciones. Otros, por el contrario, nos alertan sobre un mundo de autoritarismos tecnológicos y un capitalismo aún más despiadado y competitivo. Es difícil predecir lo que ocurrirá después de un hecho inusitado como este, pero creo que en gran medida el futuro dependerá de cuál de las dos lógicas que antes describimos termine imperando: si es la lógica cooperativa de los miles de millones que “nos cuidan cuidándose” o la de aquellos dirigentes que desde su espacio institucional o empresarial solo parecen buscar imponer sus intereses sin siquiera poder cooperar mínimamente frente a tamaña emergencia.

PostData. Y por casa, ¿cómo andamos?

La pandemia nos encontró a todos los países igualmente desprevenidos, pero desigualmente preparados. El nuestro, después de años de recesión económica, con un default virtual, una crisis social pronunciada y un aparato estatal golpeado por el ajuste, parecía menos apto que ningún otro para enfrentar un desafío que está haciendo flaquear a los más ricos y poderosos del globo.

Si a lo anterior le sumamos una polarización política extrema, popularmente conocida como “grieta”, un escenario mediático fracturado y sobrecargado de adjetivos, empresarios orientados al corto plazo y la ganancia fácil y una dirigencia política que en gran medida habla del que piensa diferente en términos delincuenciales, poco se podía esperar de nosotros.

Y ni que hablar si añadimos la mirada estándar propia del sentido común sobre la “naturaleza” del argentino como egoísta, incumplidor de toda regla y buscador de las ventajas individuales.

Sin embargo, lo que ha ocurrido es exactamente lo contrario y tanto el pueblo como la dirigencia política han dado muestras de una madurez, solidaridad y una capacidad de cooperación excepcionales.

Los argentinos y argentinas cumpliendo masivamente desde el primer instante instrucciones que, como dijimos antes, son especialmente duras para los que menos tienen. Y esto tiene muy poco que ver con las posibles sanciones estatales, bien sabemos que las capacidades burocrático represivas de nuestro Estado están lejísimo de lo que vimos en Asia oriental. El “cuidarte es cuidarnos” expresa una fuerza solidaria que nuestro pueblo ha demostrado una y otra vez en las situaciones más difíciles.

Esta vez la dirigencia política estuvo a la altura de las circunstancias, recordándonos quizás aquel balcón de la Plaza de Mayo de 1987 frente al alzamiento carapintada contra la democracia. Desde el minuto cero la enorme mayoría de la dirigencia, y la totalidad de los que tienen responsabilidades concretas de gobierno, actuaron con enorme seriedad y convicción, cooperando entre sí, dejando de lado cualquier búsqueda de ventajas particulares, anteponiendo los intereses del conjunto. Quizás esto frente a semejante pandemia nos parezca obvio, pero lamentablemente no lo está siendo incluso en países que durante años aparecieron como mucho más institucionales y “serios” que nosotros.

Desde la foto del 19 de marzo en la que el Presidente anunció la cuarentena junto a los principales mandatarios oficialistas y opositores hasta la del jueves pasado cuando presentó una propuesta de pago de la deuda externa nacional seria y sustentable rodeado de esos mismos mandatarios, su Vicepresidenta y el Presidente de la Cámara de Diputados, la senda ha sido la misma y cuando algún dirigente intentó apartarse de ella fue la misma sociedad la que lo obligó a volver al camino de la unidad frente al virus.

Prever lo que ocurrirá tras la pandemia en nuestro caso, al igual que en el plano global, es difícil. Quizás retomemos la dinámica de la discusión estéril, de la defensa de los privilegios, particulares, del insulto fácil, de la descalificación automática, pero también tal vez podamos mantener la cooperación para afrontar otras epidemias que azotan hace décadas a la Argentina, la de la desigualdad, el hambre y la pobreza. Epidemias que no son culpa de ningún virus sino de nosotros mismos.

El autor es doctor en Ciencia Política, Profesor Titular de la UBA e Investigador del CONICET



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