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El virus de la injusticia llegó para quedarse - Radio Urbana 96.3 FM
Generales

El virus de la injusticia llegó para quedarse

El presidente de Argentina, Alberto Fernández, señala un gráfico durante una conferencia de prensa para anunciar una extensión de medidas para controlar la propagación de la enfermedad por corona...

El presidente de Argentina, Alberto Fernández, señala un gráfico durante una conferencia de prensa para anunciar una extensión de medidas para controlar la propagación de la enfermedad por coronavirus (COVID-19), en Buenos Aires, Argentina. 10 de abril de 2020 (Handout ./)

No fue hace tanto. El primer entierro en un cementerio privado al que concurrí me llamó la atención, se me ocurrió que expandían el negocio con la muerte y además la edulcoraban. Después de Chacarita para los pobres y la clase media, la Recoleta para los ricos y algunos recovecos para las comunidades inmigrantes, venían a tomar distancia con los límites, a crear su propio mundo con una muerte en jardines y sin tumbas. Las autopistas para viajar a los barrios privados sin trenes, ni el golf ni el individualismo permitían tanta convivencia. La decisión de alejarnos del modelo europeo y asumir el estadounidense estaba a la vista. Aquí, al liberalismo se lo define como el amor al Imperio, la crítica a Europa, superar la voluntad de ser nación que enamoró primero a los conservadores, luego a los radicales y finalmente a los peronistas, asumirse colonia y no tener otras responsabilidades que la de ser sus gerentes. ¡Cómo olvidar la caterva frivolidad con que se referían al supuesto fracaso del Plan Gelbard o al trascendente libro de Aldo Ferrer Vivir con lo nuestro! Educados para gerentes del imperio de turno, se sentían damnificados al no tener a quien imitar. Tanto vivir con lo ajeno nos dejó una deuda imposible de pagar.

Algunos entendieron la caída del muro como el final de las limitaciones éticas de toda sociedad organizada. En Europa, la política contenía a la comunidad; el gran país del Norte podía ser el más rico del mundo sin que la masa de sus desposeídos se diera por enterada. Y aquí estamos, ya partidos al medio, sin demostrar la absurda teoría de que los países eran ricos por no hacerse cargo de los pobres. Somos mucho más pobres, pero se pudieron salvar algunos ricos, sentirse superiores, orgullosos de su viveza que imaginan lucidez y no hacerse cargo de haber destruido el proyecto nacional. Otra vez la aduana se impuso al trabajo, el importador al productor. Inglaterra maneja la salud desde el Estado; su hijo dilecto, el Imperio, se niega a dar salud para todos. Esa es para nuestros empresarios la clave de la modernidad; no entendieron que fuera de Estados Unidos la presencia de la miseria, del hambre donde abunda el alimento, contenía una concepción infinitamente perversa.

Durante la dictadura, abundaban los viajes a Sudáfrica. Todavía Mandela estaba preso, el inconsciente de nuestros codiciosos disfrutaba de solo ver cómo los rubios se imponían a los negros, sin ser ellos tan rubios ni los nuestros tan negros. La historia convirtió a Mandela en un prócer, como lo había hecho con Gandhi. Finalizaba el colonialismo justo cuando nuestra mediocre clase dirigente intentaba asumir su concepción de delegación colonial. De estadistas a gerentes, de patria a colonia, de ciudadano a consumidor. Perón solía insistir en que la verdadera política era la exterior, esa que hace tiempo no ejercitamos, que la administración anterior confundía con las relaciones públicas y la actual, con la exportación de un progresismo ya superado por la historia.

La clase define un sistema de relaciones. La política supo expresar la rebeldía y terminó constituyendo un estamento cerrado que en rigor vive parasitando las propuestas que le dieron origen. Son muchos los que se volvieron ricos hablando de cómo ayudar a los pobres. La anti política puede surgir de los ricos que sienten amenazadas sus prebendas, aunque en nuestra realidad nada de eso sucede ya que la dirigencia actual tiene más pertenencia al mundo de los ricos a los que acusa que al de los pobres al que dice defender.

Alguien me dijo que mi pesimismo ayudaba al enemigo; le respondí que el comunismo en el mundo había sucumbido con ese mensaje, que toda autocrítica ayudaba al enemigo hasta que llegó el estallido. Solo están vivos los hombres y las organizaciones capaces de asumir una autocrítica. Lo otro es el fanatismo, el miedo a la duda que convierte al pensamiento en dogma, y los dogmas de los cínicos suelen ser lo más parecido a una limitación mental, más a un trauma que a una convicción. Falta, es imprescindible un modelo productivo, un desafío a un esfuerzo que genere riqueza y prometa trabajo, desarrolle la forestación, la minería, la industria posible, los alimentos con mayor sofisticación. Ocupar nichos, inventarlos, revertir la decadencia.

El impuesto a los ricos debe ser analizado desde el balance entre los conflictos que nacen por su aplicación en relación a los ingresos que genera, salvo que surja de un marxismo oxidado y decadente que imagina la confrontación como esencial a la política.

Soy optimista, convencido de que la viveza llegó a su éxtasis y agoniza hasta que retorne el talento y la voluntad de trascender, que es la única y esencial ética en la política.

Hay solo dos partidos. Los que se enriquecieron con los cargos públicos, acomodaron parientes y amigos, gestaron una atroz burocracia, ayer y hoy, en el gobierno anterior y en el actual; y los otros, los que no se desclasaron al servicio de la viveza y siguen soñando un futuro colectivo más allá de los fanatismos y la codicia. Con la última dictadura se inició la fractura en nuestra sociedad. Con la pandemia se terminan de disolver los últimos lazos de unidad. Ahora somos dos sociedades distintas: unos tenemos todo y otros nada. Eso imaginaban que era la modernidad. No arribamos a sus prometidos logros mientras sin duda obtuvimos la miseria como espejo del peor de sus fracasos. El virus de la injusticia había llegado para quedarse.

Es hora de que gobiernen los otros, los que asumen la política como responsable del destino colectivo. En esa ilusión asiento mi optimismo.


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