Sobrevivieron al ‘tráiler de la muerte’ de Texas: ahora el coronavirus los lleva al lÃmite
Jorge de Santos y su familia en la casa prestada en la que viven en un asentamiento en el estado de Aguascalientes, México. (Foto: Damià BonmatÃ)Son vÃctimas de la peor tragedia de tráfico hum...
Jorge de Santos y su familia en la casa prestada en la que viven en un asentamiento en el estado de Aguascalientes, México. (Foto: Damià BonmatÃ)
Son vÃctimas de la peor tragedia de tráfico humano en más de una década en Estados Unidos. Sobrevivieron al ‘tráiler de la muerte’ de San Antonio, donde 10 inmigrantes murieron en 2017, pero retornaron a sus pueblos mexicanos con problemas respiratorios crónicos, deudas y una pobreza aún más inasumible. La pandemia del coronavirus los lleva, una vez más, al lÃmite de la supervivencia.
Ellos mismos lo llaman el tráiler de la muerte. El 23 de julio de 2017, un empleado de un establecimiento de Walmart en San Antonio alertó a la policÃa sobre el tráiler estacionado en el aparcamiento. De su interior habÃa salido una persona que pedÃa agua.
Cuando llegaron las autoridades, encontraron a decenas de inmigrantes corriendo, a otros inconscientes en el suelo, y a varios sin vida en el interior del camión comercial.
El tráiler habÃa viajado durante horas desde la frontera de Laredo hasta San Antonio con decenas de personas a bordo -algunos recuerdan más de cien- hacinadas, en un vehÃculo sin ventilación y sin aire acondicionado. Era su entrada a Estados Unidos.
Diez personas murieron en la que se considera la peor tragedia de tráfico humano en más de una década en el paÃs. Decenas sobrevivieron.
Los que despertaron de la pesadilla se encontraron una realidad peor de la que trataban de huir al migrar, que ahora se agrava más. Sobrevivieron al calor extremo, la asfixia y el coma pero, desde entonces, arrastran problemas de salud, traumas, deudas y pobreza extrema.
Dejaron de medicarse y huyeron de los médicos. Ahora, en mitad de la pandemia, son enfermos crónicos y no tienen con qué comprar comida.
Manuel: “Un sentimiento muy feo dentro que no se me quita con nadaâ€
Manuel MartÃnez Esparza ha estado pidiendo dinero prestado para comprar comida para él y su esposa durante la crisis del coronavirus. “Estoy pidiendo a la gente del otro lado que todavÃa trabajaba un pocoâ€, cuenta por teléfono desde México. “Pero eso también se va a acabarâ€, augura.
“El otro lado†es Estados Unidos. “El otro lado†son inmigrantes también azotados por la pandemia y que eran, hasta ahora, el oxÃgeno para familias como la de MartÃnez, que subsisten en una aldea remota del estado de Zacatecas.
Varios bancos mexicanos estiman una caÃda del 17% de las remesas este año, e incluso más, en estados como Zacatecas. En estos pueblos y aldeas, el norte no es un punto cardinal. Es un deseo fuerte y clavado en los huesos que se transmite de padres a hijos, entre amigos y vecinos, que sella y separa familias, y que está presente de por vida.
Cuando visitamos la zona en otoño de 2019, no habÃa familia ni vecino que no tuviera a un hombre en Estados Unidos o que no hubiera estado allà de manera clandestina varias veces durante su vida.
Manuel MartÃnez Esparza y su hermano Ricardo no fueron la excepción, y probaron suerte el verano de 2017. Ricardo tenÃa 23 años y era el más pequeño de los hermanos. HabÃa visto cómo los mayores se habÃan ido a Estados Unidos y cómo Manuel iba y venÃa de mojado desde hacÃa más de una década. Le dijo que querÃa irse también.
El padre, Isidro MartÃnez, sentÃa que perdÃa a su último hijo en casa y su principal sostén económico, pero se endeudó para reunir dinero para los dos. Miles de dólares. “Él era el que nos arrimaba de comer siempre, está uno al dÃa aquÃâ€, cuenta en la única sombra del pequeño cementerio municipal en el que está enterrado Ricardo, entre malas hierbas y flores secas.
Isidro MartÃnez mira la tumba de su hijo menor, Ricardo, quien murió en el tráiler de San Antonio. Su otro hijo salió del coma, pero sufre consecuencias fÃsicas y mentales por la tragedia. (Foto: Damià BonmatÃ)Todo fue muy rápido: el autobús, el cruce, la casa de seguridad y el ride para San Antonio. En las redes de tráfico humano no hay opción de elegir. A ellos les tocó ese trayecto.
Manuel y Ricardo se vieron en Laredo, Texas, entrando a un enorme tráiler blanco, lleno de gente, sin refrigeración ni luz. La gente empezó a quejarse. Les faltaba el aire, se asfixiaban de calor. Lo último que recuerda Manuel es estar abrazado a su hermano.
“Solo nos decÃamos mi hermano y yo que aguantáramos, aguantáramos hasta llegar a San Antonio. Ya me sentà desesperado. Ya no supe en qué momento me desmayé y ya no supe ni de mà ni de élâ€.
Su hermano murió y él pasó casi 12 semanas en el hospital, dos de ellas en coma. Abogados de inmigración de Texas visitaron a supervivientes como Manuel en el hospital de San Antonio: iniciaron para ellos los trámites de visa, que deberÃan darles en cuestión de meses un estatus legal en Estados Unidos por ser supervivientes de un crimen federal. Ningún familiar podÃa cuidarlo en Texas, asà que Manuel decidió volverse a México.
Cuando lo visitamos hace unos meses, apuraba una caja de ibuprofeno que le quedaba. Compraba cuando podÃa.
MartÃnez Esparza se habÃa ido a dormir tarde la noche anterior. Estuvo vendiendo caramelos hasta que desapareció el último cliente y se mitigó el ruido de la feria. Su cama era un agujero duro, entre hierros y cajas, debajo del mostrador de un camión de dulces que iba de fiesta en fiesta. Las ferias de pueblos y aldeas de Zacatecas y San Luis Potosà eran su único modo de supervivencia.
Cuenta que arrastra casi siempre un resfriado, porque en estas zonas de calor traicionero por el desierto, la noche sorprende con el frÃo. Pero el resfriado es lo de menos.
Manuel siente taquicardias y dolores de cabeza a menudo; cojea, le duele la espalda, le estiran las cicatrices y le falta el aire cuando hace mucho calor o hay muy poco espacio. Tiene 33 años, pero camina como si tuviera el doble.
El mexicano Manuel MartÃnez Esparza, quien arrastra problemas de salud, dormÃa bajo el mostrador del estante de dulces. (Foto: Damià BonmatÃ)En el hospital de Texas recibió terapia psicológica y, al volver a México, tenÃa que seguir haciéndola. Pero nunca ha vuelto. No la puede pagar.
“De mis sentimientos por dentro, no soy el mismo. Como si no fuera yo. Hay muchas cosas que a veces son como para reÃrse... y yo no encuentro la diversión en las cosasâ€. Su esposa se molesta porque no le alegran ni las bodas ni las fiestas ni las quinceañeras. Pero a él no le nace.
También dejó de ir al hospital hace más de un año. “Era medicina muy cara para seguirme tratandoâ€, dice. Se le sumaba el precio de la consulta médica, que le costaba como seis dÃas de trabajo, y el viaje hasta la ciudad de Aguascalientes, a un par de horas de su pueblo.
Manuel MartÃnez Esparza, quien perdió a su hermano en la tragedia y quedó en coma, subsistÃa vendiendo dulces en fiestas populares antes de la pandemia de coronavirus. (Foto: Damià BonmatÃ)Con problemas de salud y sin empleo, un primo le dejó trabajar vendiendo dulces en los mercados. Ganaba unos 150 pesos al dÃa (USD 7). En marzo de 2020, vendió en una feria en San Luis PotosÃ. Esos fueron sus últimos ingresos y las pocas remesas que recibió desde Estados Unidos se están acabando.
No tienen más dinero para comprar despensa para la próxima semana y todavÃa menos medicamentos para él, un enfermo crónico, que arrastra problemas respiratorios desde la tragedia del tráiler.
Lo único que le generaba cierta ilusión era la idea de lograr una visa U para poder volver a Estados Unidos y, simplemente, sobrevivir. “Pero el coronavirus nos tiene muy mal, no podemos hacer nadaâ€.
Le desespera. Han pasado casi tres años desde el accidente. La abogada le decÃa que los procesos van lentos. Pero ahora ni eso: “No me contestaâ€.
Jorge: “Me agito, se me va la respiraciónâ€
Las visas U, destinadas a vÃctimas de violencia en territorio estadounidense, arrastran enormes retrasos en sus procesos de tramitación, hasta cinco años, según datos entregados al Congreso de Estados Unidos. Algunos supervivientes fueron llevados directamente del hospital a las oficinas de ICE para testificar sobre la tragedia y participar en la investigación.
El migrante José RodrÃguez Aspeitia murió en la tragedia de Texas y sus restos descansan en el cementerio municipal San Antonio, en Palo Alto El Llano, Aguascalientes. (Foto: Damià BonmatÃ)El abogado Michael McCrum, que representó a varios inmigrantes durante la investigación criminal, explica que el gobierno necesitaba testigos para enjuiciar al conductor del tráiler James Matthew Bradley Jr. ICE dejó sobre la mesa la opción de las visas U, pero nunca fue una promesa firme.
Pese a eso, las cinco familias de supervivientes con las que hablamos, poco conocedoras del sistema migratorio, vieron esas visas como una promesa. Los abogados aún contestan a algunos de ellos para aconsejarles paciencia; otros llaman sin recibir respuesta de sus representantes legales.
A Jorge de Santos siempre le ha costado llorar. Incluso ahora. Esta última semana de abril comenzó a vaciar su casa para conseguir comida: vendió un televisor, un refrigerador, un teléfono y sus herramientas de trabajo. “Para estas semanas en adelante, Dios sabeâ€, dice.
“Yo fui el último que me subà al tráiler. Y no me querÃa subir, la mera verdad, porque no me gustaba a mà ver mucha gente. ¿Cómo iban a pasar a tanta gente?. Y dije, ‘si me quedo, si me hacen algo los coyotes…â€, recuerda.
“Empecé a ver personas que rezaban y que decÃan que se querÃan matar. Uno se imagina, ‘pues yo también me voy a morir aquÃ’. Yo lo único que hice, me puse en cuclillas, me senté y le pedà a Dios lo que Dios quieraâ€. Los sobrevivientes calculan que el tráiler transitó entre dos y tres horas, entre Laredo y San Antonio, pero De Santos perdió la consciencia antes.
La ausencia de noticias sobre la visa U es el único tema que le saca las lágrimas.
“Le he dicho a mis hermanos que yo no tengo miedo de volver. Yo quisiera que me dieran mi visa. Yo ya voy de viejo... pero que todavÃa están chiquitos, que aprovechen sus papelesâ€. No hay miedo si se vive, como él, en una casa prestada, a medio terminar, en la que vive con su esposa y dos de sus tres hijos en el estado de Aguascalientes.
“Aquà está muy canijoâ€, decÃa. Lograba muy pocos trabajos en la construcción. “A veces no tengo. Yo digo: ¿compro pañales o compro pastillas? Mejor le compro pañales al niño, o su lecheâ€.
Al teléfono, durante la pandemia, el relato de su situación económica suena todavÃa más extremo. Su último trabajo fue hace semanas, para un vecino, “andaba echando barditas y poniendo un tabiqueâ€, por lo que ganó 1,000 pesos (USD 40) en dos dÃas. Han pasado tres semanas, y ya no le queda de eso ni de las cosas de la casa que revendió.
Tiene tres hijos, hasta ahora casi no trabajaba y su esposa tampoco tenÃa empleo. Su salud es precaria desde la tragedia de San Antonio pero dejó de tomar la medicación y de ir a las citas médicas.
“Se me afectaron los riñones. Cuando camino, me agito, se me va la respiración. A veces tengo como mareos, como cansadoâ€. Conserva cientos de páginas de reportes médicos en inglés, un idioma que él no habla.
Lo que dicen los informes es que fue un fuerte golpe de calor lo que llevó a De Santos al coma y a sufrir una coagulación intravascular diseminada y fallo renal. Los documentos indican que el paciente debÃa seguir citas médicas constantes, un tratamiento médico, terapias fÃsicas y una dieta severa.
La noche de la tragedia, la doctora Jessica Solis-McCarthy, estaba de guardia en la sala de emergencias de UT Health San Antonio. Dice que los efectos de un golpe de calor son impredecibles a largo plazo. Pero pueden incluir problemas renales, respiratorios y motrices.
Sus cuerpos estuvieron sobrecalentados y sin oxÃgeno demasiado tiempo. Tanto ella como los documentos subrayan la preocupación de los doctores por no conocer nada de los historiales médicos de los pacientes y por la dificultad de tratamiento debido a sus estatus migratorios.
“Yo tenÃa mi dieta y la rompÃ, mi dieta. Por lo mismo, que no ajusta unoâ€, dice De Santos, de 44 años, cuya preocupación ahora es poner comida sobre la mesa de la casa, sea cual sea.
Pese a las explicaciones de su abogada, Santos no entiende cómo una visa para vÃctimas de un crimen puede tardar tanto pero su salud, dice, no le permite volver a emigrar clandestinamente y le toca esperar.
Otros no pudieron o no supieron esperar.
La tumba de José RodrÃguez Aspeitia en el cementerio municipal de Palo Alto lleva la inscripción “recuerdo de su esposa e hijosâ€, pero no es suficiente para dejar de pensar en emigrar. El lugar se llama cementerio de San Antonio.
La mayorÃa en el pueblo se sabe de memoria su historia: Aspetia y su esposa vivieron durante años en las Carolinas, en Estados Unidos, criaron a sus hijos estadounidenses, pero se volvieron al pueblo. Cuando el dinero empezó a escasear, Aspeitia quiso volverse a trabajar a Estados Unidos. Pero, a sus 34 años, se convirtió en uno de los diez muertos del tráiler.
Del pueblo, Palo Alto, Aguascalientes, salieron varias de las vÃctimas de ese tráiler: José RodrÃguez Aspetia murió, otros quedaron heridos y algunos se escaparon de la escena antes de que llegaran las autoridades.
Algunos regresaron a Aguascalientes pero, sin trabajo ni visa U ni esperanzas de futuro, volvieron a pagar a los coyotes y volvieron a cruzar ilegalmente la frontera.
José Luis Moreno, padre de uno de los sobrevientes de la tragedia que huyeron del lugar de los hechos y se quedó en Estados Unidos viviendo en las sombras. (Foto: Damià BonmatÃ)“Se obsesionaron. Ven a los otros marcharse y también quieren irse de aquÃâ€, dijo José Luis Moreno, padre de uno de los sobrevivientes de la tragedia. Él mismo trabajó clandestinamente en Estados Unidos de joven y, al igual que él, la mayorÃa de hombres migraron de este pueblo seco, de calles sin asfaltar, y casas humildes interrumpidas por paredes de hormigón y balcones metálicos pagados por las remesas.
Juan Daniel: “Desde que era pequeño querÃa estoâ€
Del mismo pueblo salieron Juan Daniel Tiscareño y su amigo Ãntimo José RodrÃguez Espitia, también muerto en el tráiler. Tiscareño sobrevivió y fue devuelto a México mientras esperaba su visa U.
Pero la pequeña casa prestada en la que vivÃa con su esposa, Galilea, y su hijo de 4 años en su pueblo natal se convirtió en una jaula para él. Y su pueblo y sus estados aledaños, en un lugar donde casi no encontraba trabajo y se le acumulaban las deudas por el viaje fallido que terminó en San Antonio.
En las madrugadas gritaba al dormir, las pesadillas le despertaban, le dolÃa el pecho y su hermano adolescente lo devolvÃa a casa borracho y llorando, gimiendo que no soportaba tanto tormento, según relataron tres de sus familiares directos.
Con 24 años, solo encontró una solución. Sin avisar a su madre, para que no temiera un nuevo accidente, el pasado julio de 2019 Tiscareño volvió a cruzar a Estados Unidos, donde actualmente hace trabajos manuales sin papeles, primero en Texas y ahora en el medio oeste americano.
Dice que en Estados Unidos no pasa el hambre del pueblo y puede mandar dinero a su familia. Ya ha pagado una deuda de USD 7,000 a los coyotes y todavÃa le falta devolver unos miles más por el viaje a San Antonio que acabó en tragedia.
En diciembre de 2019 vivÃa en Texas con varios tÃos que iban y venÃan a Estados Unidos desde que él era niño. “Voy a tratar de tumbar la casa que tengo en México. La voy a tumbar y hacerla nuevaâ€, dijo cenando una hamburguesa en un Whataburger 24 horas.
Pero la oscuridad del tráiler no desaparece para él: cada vez le duele más la espalda, le falta el aire cuando está en sitios cerrados y ve relámpagos cada vez que orina. Ha ido al hospital pero nunca ha dicho que él sobrevivió al tráiler de la muerte.
Otros sobrevivientes, que no quisieron ser entrevistados, huyeron de la escena del crimen la noche del 23 de julio de 2017. Nunca se atrevieron a ir al médico para no ser detectados y subsisten con problemas respiratorios y motrices.
Tiscareño intenta pasar desapercibido en estos pueblos pequeños de Estados Unidos. En la pandemia sigue trabajando, con mascarilla, recolectando en los campos del medio oeste.
“Desde que era pequeño querÃa esto, venir a Estados Unidos. He visto que mis tÃos tienen buen futuro viniendo para acá. Tienen sus buenas casas, buenos coches y vuelven a México y viven bienâ€.
Antes de la pandemia ya intentaba salir lo mÃnimo de casa. Lleva un suéter con capucha y gorra para que las autoridades de Estados Unidos no se percaten de que está de vuelta, que vuelve a perseguir un sueño del que ha oÃdo y visto desde niño.
Muchos de los fallecidos y los sobrevivientes del tráiler de San Antonio salieron de aldeas y pueblos de los estados de Aguascalientes y Zacatecas, en el centro de México, una de las zonas más pobres del paÃs y desde donde han salido muchos inmigrantes. (Foto: Damià BonmatÃ)Un culpable en prisión
En varias entrevistas por teléfono a principios de 2020, el conductor del camión, James Matthew Bradley Jr., aseguraba estar arrepentido por la tragedia fatal. InsistÃa en que fue amenazado de muerte para transportar a los migrantes a San Antonio, Texas.
“En el Walmart, todos empezaron a salir del tráiler, estaban por todas partes, caÃdos en el suelo, pidiendo agua, me intentaban decir cosas, pero no sé hablar español, sé cuatro o cinco palabrasâ€, explicó desde la prisión federal en la que cumple condena. “Llamé a mi esposa y le dije lo que habÃa pasado, y llegaron los oficialesâ€.
El 20 de abril de 2018, Bradley Jr. fue condenado a cadena perpetua por la muerte de diez inmigrantes en el tráiler y el transporte ilegal de decenas más. En el juicio se desdijo de la versión inicial que dio a la policÃa, cuando explicó que descubrió los cuerpos al llegar a San Antonio. Tampoco aclaró qué hacÃa en la frontera, en Laredo, Texas, si no tenÃa ningún encargo comercial allÃ.
ICE confirmó que la tragedia de San Antonio es el crimen de tráfico humano más mortÃfero en más de una década, pero no contestó cuántas vÃctimas están en proceso de visa U o la han logrado.
Este reportaje es parte de Reporting the Border, un programa del International Center for Journalists en alianza con el Border Center for Journalists and Bloggers, que financió el reporteo en Texas y México en el segundo semestre de 2019.
La periodista local Jennifer González participó en la producción de esta historia. Pueden contactar al autor del reportaje a través del email damia.bonmati@nbcuni.com
