Bosco Gutiérrez y la historia de un encierro liberador
CorrÃa el año 1990, el Arquitecto Gutiérrez se dirigÃa, como lo hacÃa habitualmente, a su lugar de trabajo. Era un miércoles corriente, regresaba de la misa de las 8 de la mañana en la Igles...
CorrÃa el año 1990, el Arquitecto Gutiérrez se dirigÃa, como lo hacÃa habitualmente, a su lugar de trabajo. Era un miércoles corriente, regresaba de la misa de las 8 de la mañana en la Iglesia de Santa Cruz del Pedregal, Ciudad de México, disponiéndose a continuar con su rutina, pero un desafortunado encuentro cambio su vida para siempre.
Aquella mañana dos hombres lo increparon, le vendaron los ojos, lo golpearon y lo subieron a un automóvil con destino incierto. Luego de varias horas de viaje arribo a lo que se convertirÃa en su lugar de captura en el que permanecerÃa nada más y nada menos que 275 dÃas.
Llegar a ese punto, para los secuestradores, habÃa sido sencillo; y es que Bosco Gutiérrez realizaba su rutina de una manera rigurosa: mismos lugares, mismos horarios, mismas personas. Una suerte de ritual que facilito a los delincuentes llevar a cabo su secuestro.
9 meses fueron los que se mantuvo en cautiverio, en contra de su voluntad, una experiencia trascendental a la que logró con un gran trabajo interno, hacerle frente.
Los primeros 16 dÃas los paso con depresión, en un cuarto que se disponÃa a “anular sus sentidosâ€. Los secuestradores habÃan ambientado el espacio de modo tal que perdÃa la noción del tiempo, solo habÃa una luz que se prendÃa ocasionalmente y un leve sonido de una radio desde otra habitación.
HabÃa pasado poco más de un mes de su captura, el dialogo entre los secuestradores y el Arquitecto era, prácticamente, nulo. Aunque la situación cambio a causa del aniversario de la Independencia de México. “Hoy es 15 de septiembre, usted puede tomar lo que quiera†le informó uno de sus captores.
Un whisky en un vaso largo con un solo hielo.
Esa fue la elección de Bosco Gutiérrez. Poco después de haberla tomado la sintió pretenciosa, los secuestradores habÃan cumplido con ese deseo y le acercaron un whisky on the rocks. Eso dio origen a un sinfÃn de sensaciones, el tener contacto con algo, aunque sea un simple vaso, luego de tantos dÃas de encierro resulto ser fundamental para lo que sucederÃa después.
En palabras del Arquitecto, algo en su interior le decÃa que no era correcto aceptar ese gesto tan banal de quienes le estaban causando tanto sufrimiento. Se dispuso a tener una conversación consigo mismo y a preguntarse si no era suficiente todo lo que estaba viviendo como para sumar una falta más.
“Eso que te está ocurriendo no depende de ti, no lo has elegido tuâ€, le dijo una voz en su interior, que adjudica a Dios. A partir de esto finalizó esa lucha y decidió no beber de aquel vaso, pero si pidió una biblia.
Los meses siguientes se convirtieron en una búsqueda espiritual, acepto lo que estaba sucediendo, acepto que no era una decisión propia, pero si lo era mantener un buen ánimo, cuidarse de los malos pensamientos, tener fe y confiar en un futuro mejor.
Rezó, se escribió una carta a si mismo: “Te queremos bien, perfecto de alma y de cuerpo, a tu regresoâ€. Bosco Gutiérrez se encomendó a esta labor, por él y su familia.
Hubo tres intentos de pago a los secuestradores sin un resultado favorecedor para el hombre de 33 años que mantenÃa su ánimo, su espÃritu y su entereza. El 25 de abril de 1991, casi nueve meses después de aquel dÃa donde le arrebataron su libertad, logró escapar.
“Conseguà abrir el ventanuco por el que me introducÃan la comida. No habÃa nadie allà y quise volver a cerrar, pero me di cuenta de que no podÃa hacerlo. Si los secuestradores veÃan que habÃa hecho eso me iban a matarâ€. Este accidente fue clave para tomar la decisión de vida o muerte. Eligio vivir, logró escapar y horas después se reunió con su familia.
“El secuestro es una experiencia que demostró que podemos salir de una situación complicada siempre y cuando ordenemos las prioridades: primero Dios, segundo la familia y la gente querida; tercero, el trabajo†asà afirmo Bosco Gutiérrez.
Pasaron casi 30 años de aquel dÃa que cambió su vida para siempre. Fue clave la voluntad, la fe, la templanza y la meditación a modo de oración para lograr transformar aquel cuarto en el que estaba encerrado en un templo. Hoy por hoy hizo un lugar en su casa para la oración con las medidas que tenÃan aquel sitio.
