40 años de “Respiración artificialâ€: ¿fue Piglia el autor de la gran novela sobre la dictadura?
"Respiración artificial" se convirtió en un hito en la literatura argentina. (Télam)La foto es de 1984: un grupo de escritores sonrÃe con seriedad a la cámara. Están acomodados entre los bill...
"Respiración artificial" se convirtió en un hito en la literatura argentina. (Télam)
La foto es de 1984: un grupo de escritores sonrÃe con seriedad a la cámara. Están acomodados entre los billares del bar La Academia, de Callao y Corrientes. Entre otros, están Juan Sasturain, Juan Martini, Ricardo Piglia, José Pablo Feinmann, Osvaldo Soriano. Se reunieron con el objetivo de fundar la unión EPA —o EAP—, “Escritores Policiales Argentinosâ€. La democracia recién recuperada contagia una sensación de optimismo —con la democracia se come, se cura y se educa— y surgen acuerdos, movimientos, propuestas, intereses afines.
La agrupación, finalmente, no va a prosperar, pero sà la noción de generación. Todos ellos —y no sólo ellos— fueron escritores perseguidos por el gobierno militar. Entre 1976 y 1983, aparecieron obras fundamentales como El cerco, de Martini (1977), Últimos dÃas de la vÃctima, de Feinmann (1979) y Respiración artificial, de Piglia (1980), pero también Nadie nada nunca, de Juan José Saer (1980), Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge AsÃs (1980) —con esa dedicatoria incendiaria: “A Haroldo Conti… ¿in memoriam?â€â€”, Los Pichiciegos, de Fogwill (1983), entre otras.
La pregunta sobre cuál es “la gran novela de la dictadura†se vuelve, entonces, trivial. Aún cuando cada lector pueda pensar y defender un tÃtulo en particular, es probable que la única respuesta posible sea colectiva: la gran novela de la dictadura es la que se forma con todas las novelas que estos autores —y no sólo ellos— han escrito. Conforman un esmerilado de voces, temas y estilos que tienen al horror de aquellos años como sustrato.
Piglia junto a los escritores que iban a formar el grupo E.P.A.Desaparece el mundo
Respiración artificial cumple cuarenta años y la crisis de la mediana edad parece no haberle hecho efecto alguno. Es innegable la actualidad que mantiene y la fuerza con la que interviene en el debate cultural y polÃtico. No sólo en el de aquel entonces, sino en el de las varias generaciones que vinieron después. En el tercer tomo de sus diarios, Un dÃa en la vida, Piglia decÃa que se habÃa decidido por este tÃtulo porque “¿de qué otro modo podrÃa alguien sobrevivir en estos tiempos sombrÃos?â€.
Piglia, con ese espÃritu avizor que le daba la ficción, unos años después publicó La ciudad ausente. Cómo podrÃamos haber previsto que ambos tÃtulos funcionarÃan hoy como metáfora de la pandemia y el aislamiento. “Nos han tocado malos tiempos, como a todos los hombresâ€, dice el protagonista de Respiración artificial parafraseando a Borges, pero completa la idea con un pesimismo descarnado: “hay que aprender a vivir sin ilusionesâ€.
Respiración artificial sigue una operación similar a la que hacen Martini y Feinmann en sus novelas. Dado que la dictadura se percibe a sà misma como objetiva y es lo que busca transmitir a la sociedad, la forma de desmontar esa idea es a través de —como dirÃa Beatriz Sarlo— un giro subjetivo: que el Poder no mire sino que sea mirado. “Cuál es el ojo que se mira a sà mismoâ€, decÃa Stendhal. En estas novelas, entonces, no hay referencias explÃcitas a la pesadilla de Estado totalitario sino que se desprenden de la paranoia de aquel que controla, de los fantasmas que crea su propia impotencia.
En El cerco, un polÃtico poderoso termina cautivo de sus custodios y asesores. Se dice que Martini escribió esta novela a partir de una historia real de los Tupamaros; se lee como una metáfora de los tiempos finales de Perón. En Últimos dÃas de la vÃctima, un sicario recibe la orden de una oscura organización paramilitar de matar a un hombre que sabe demasiado. El asesino no pregunta: si estaba marcado, por algo debÃa ser. “Las pruebas estaban, sólo era cuestión de descubrirlasâ€. Feinmann lleva al extremo la idea de que toda persona era sospechosa: no habÃa razones para que no lo fuera.
La portada de la edición icónica de "Respiración artificial" tenÃa un fósforo quebrado justo debajo de su cabeza. Una metáfora de la presión de la dictadura.Me están siguiendo detectives
Respiración artificial comienza con una imagen. Emilio Renzi —alter ego de Piglia en muchas de sus ficciones— mira una foto en la que, siendo un bebé de tres meses, está en brazos de su tÃo. Marcelo Maggi, asà se llamaba el tÃo, poco después de aquella foto abandonó a su mujer y, según se dijo, se llevó buena parte de la fortuna que ella habÃa heredado. Emilio, ahora un joven escritor de 35 años, publicó una novela en la que narraba la historia del tÃo. Entonces llegó la primera carta.
Marcelo lee la novela y siente la necesidad de ponerse en contacto. Le cuenta que vive en Concordia, le manda aquella foto, le dice una versión distinta de la historia que él habÃa escrito. El intercambio entre ellos se vuelve profuso: hablan de sus obsesiones, de sus deseos, de sus motivaciones. Marcelo es profesor de Historia. Tiene el archivo de un viejo polÃtico del siglo XIX que debió exiliarse en los Estados Unidos y quiere escribir su biografÃa. Las cartas van y vienen, y uno de los dos cae en la cuenta de que “no hay novelas epistolares en la literatura argentinaâ€.
Esta afirmación tiene, para Piglia, una razón perversa: en un paÃs como el nuestro no es posible escapar del panóptico. Las cartas entre Renzi y Maggi serán leÃdas por un censor que las analiza en busca de mensajes cifrados. Este personaje es una suerte de Quijote que pierde el juicio por la lectura. Pero es un mal lector, porque no lee: verifica. Cada carta excita su manÃa persecutoria. Pretende encontrar frases ocultas, salta entre palabras, compone anagramas, interpreta signos en la cantidad de caracteres. Enloquece hasta que finalmente descubre los códigos secretos. O los inventa.
"Respiración artificial", en la edición de AnagramaEn 1986, seis años después de la publicación de Respiración artificial, Piglia escribirÃa su ya clásica “Tesis sobre el cuentoâ€: el cuento, dice allÃ, es un relato que encierra un relato secreto y el misterio no es sino una historia que se cuenta de modo enigmático. “¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra?â€. Esta pregunta encierra la respuesta de por qué Respiración artificial, aún cuando casi no hace mención explÃcita a la situación del paÃs, es, inevitablemente, un libro sobre la dictadura.
No hace falta decir que Marcelo es un desaparecido para que, en efecto, lo sea. No hace falta decir que en el exiliado de 1850 se resume la suerte de los miles de expatriados del terrorismo de Estado. Es la historia subterránea, aquella que el mal lector de la censura jamás podrÃa interpretar, la que convierte a Respiración artificial en un artefacto polÃtico imposible de desmontar. En la literatura argentina no hay novelas epistolares, pero muchas novelas pueden entenderse como la carta que un escritor envÃa a un único destinatario. ¿Qué es el Facundo si no una misiva de Sarmiento a Rosas, qué es Una excursión a los indios ranqueles si no una de Mansilla a, justamente, Sarmiento? ¿Qué es Respiración artificial si no una “carta abierta a la Junta Militarâ€?
Ricardo Piglia, fotografiado por Daniel Mordzinski en la década del 90La vanguardia es asÃ
Emilio mira la foto y recuerda que la mujer a la que abandonó su tÃo llevaba “el increÃble nombre de Esperancitaâ€. Resuena en ese nombre la inscripción que el Dante pone en la entrada del averno: “Abandonad toda esperanza aquellos que entráis aquÃâ€. Incluso hasta la más pequeña, podrÃamos agregar. La primera parte de Respiración artificial, entonces, podrÃa leerse como un descenso a los infiernos. Y, siguiendo con esa lógica, la segunda serÃa la espera en el purgatorio. No hay tercera parte: 1980 no es tiempo de ParaÃsos.
Ya en la segunda parte, Emilio viaja a Concordia para reencontrarse con Marcelo, pero por alguna cuestión misteriosa y súbita, su tÃo debió salir de la ciudad. El desconcierto del conserje del hotel donde vive Marcelo es una pista muy velada de lo que podrÃa haberle pasado. Emilio, entonces, espera en el bar donde habÃan quedado y pasa la noche hablando con Volodia Tardewski, un polaco que es una suerte de Gombrowicz, y otros bohemios nocturnos.
La novela toma la forma de un diálogo ilustrado donde la teorÃa literaria ocupa el eje central: el recorrido avanza a través de las tensiones que se generan entre Groussac y Borges, entre Borges y Arlt, entre Joyce y Bertrand Russell, entre Wittgenstein y Heidegger. Es, otra vez, el tipo de mirada excéntrica de la que se vale Piglia para intervenir en la realidad. Una de las crÃticas que se le han hecho a Respiración artificial es que es demasiado erudita y que es un ejercicio extremo de metaliteratura. Piglia mete a la literatura como una cuña: parte de la literatura para analizar la sociedad, la polÃtica. La vida.
La imagen de Borges detrás de Piglia: Borges es una presencia continua en "Respiración artificial". (Télam)Aunque se lee después, la segunda parte funciona como un antecedente de la primera. No la cierra, pero la enmarca. Hay un juego con los tÃtulos que puede explicar, en cierta medida, la estructura: la segunda parte se llama “Descartesâ€; la primera tiene el tÃtulo de un cuadro inexistente de Franz Hals —que sà pintó a René Descartes—. En esa articulación se manifiesta la idea nuclear de Respiración artificial: como dice Juan Villoro en La máquina desnuda, en esta novela “la ficción antecede a la realidadâ€. Respiración artificial es un mecanismo de relojerÃa creado por un virtuoso que demuestra que “las palabras preparan el camino, son precursoras de los actos venideros, las chispas de los incendios futurosâ€.
Si la literatura es un campo de batalla, son quienes están a la vanguardia —en tanto metáfora bélica— los que se enfrentan a la crudeza de la realidad. Entre las tensiones que se dan en la segunda parte, hay una culminante: Kafka y Hitler. El Proceso, escribe Piglia, “presenta de un modo alucinante el modelo clásico del Estado convertido en instrumento de terrorâ€.
Piglia fantasea un encuentro entre Kafka y Hitler —por lo demás, muy verosÃmil—. Hitler le habla en el café Arcos, en Praga, a fines de 1909 y le cuenta una utopÃa atroz en la que el mundo se convierte en una inmensa colonia penitenciaria. “Y Kafka le cree. Piensa que es posible que los proyectos imposibles y atroces de ese hombrecito ridÃculo y famélico lleguen a cumplirse y que el mundo se transforme en eso que las palabras estaban construyendo: El Castillo de la Orden y la Cruz gamada, la máquina del mal que graba su mensaje en la carne de las vÃctimasâ€.
Para Piglia, el genio de Kafka residÃa en haber comprendido que, si esas palabras podÃan ser dichas, entonces podÃan ser realizadas. ¿Qué palabras habrÃan dicho Videla, Massera y Agosti? ¿Qué palabras se dicen hoy en los oscuros palacios del Poder?
Piglia publicó sus diarios personales en tres tomos, con el nombre de "Emilio Renzi".El karma de vivir al sur
Recién con el contrato firmado y la tapa en marcha, Piglia supo que el tÃtulo debÃa ser Respiración artificial. Hasta entonces pensaba en “La prolijidad de lo realâ€, pero no querÃa usar una cita de Borges —es el último verso de “La noche que en el Sur lo velaronâ€â€”. La novela salió en noviembre, pero a comienzos de año, después de una marcha forzada, con horas de encierro y anfetaminas para no dormir, Piglia ya la habÃa terminado. El 2 de febrero de 1980, anota en su diario: “¿Será entonces posible? Los sueños más Ãntimos. Escribir una novela en dos meses. A partir de resolver el CapÃtulo I, escribà a una velocidad increÃble, doscientas páginas en menos de cuarenta dÃasâ€. Y luego se pregunta: “¿Se podrá publicar esta novela en la Argentina?â€.
En el diario también anota las lecturas y los ecos que recibe. “Todos me dicen que es la novela más importante de los últimos añosâ€. Y todos son Carlos Altamirano, Luis Gusmán, Enrique Pezzoni, José Sazbón, Juan Carlos Onetti, entre otros. En 1990, diez años después de la publicación, Beatriz Sarlo verificó el sismo que Piglia provocó con Respiración artificial en la literatura argentina. En la revista “Punto de vista†—el texto se encuentra en la compilación Escritos sobre literatura argentina—, comenta la edición de Prisión perpetua, libro que reúne cuatro cuentos de Piglia escritos entre 1967 y 1975. “Quien no haya leÃdo estos cuentos en el orden en que fueron publicadosâ€, dice, “inevitablemente, los leerá en el orden impuesto por Respiración artificial. No es que los textos cambien al ser recorridos de este modo, sino, más bien, que en la novela están todas las claves para leerlosâ€. Al revés de Borges, sigue Sarlo, que debió esperar treinta años para que una teorÃa crÃtica lo convirtiera en el prÃncipe de la literatura mundial, “Piglia prepara su espacio de circulación, explica lo que debe ser la literatura y sintoniza sus opiniones con las zonas sofisticadas de la crÃtica literariaâ€.
Piglia sabÃa que habÃa escrito un libro importante. Tal vez, demasiado importante. Un personaje de la novela, exiliado en Venezuela, le escribe una carta a Marcelo: “Pienso que somos la generación del 37â€, le dice. “Perdidos en la diáspora. ¿Quién de nosotros escribirá el Facundo?â€.
LEER MÃS
El libro póstumo de Piglia, un gran homenaje a la tradición literaria argentina
